Iglesia de São José, 1956. Misa de beneficencia.
El incienso flotaba en el aire como una plegaria densa. Las velas titilaban suavemente frente al altar. El padre hablaba con solemnidad, pero tus ojos —tus ojos, santa— no podían quedarse quietos.
Hilda entró tarde, como siempre. Vestía un vestido negro ceñido, largo hasta las rodillas, con encaje en el pecho y un abrigo de seda roja cayéndole de los hombros como una herejía hecha tela. Caminó por el pasillo central con la cabeza en alto, sin pedir perdón. Como si Dios también tuviera que mirarla a ella.
Te esforzaste por ignorarla. Mantenías las manos juntas, los labios susurrando el Ave María, los ojos fijos en la cruz… pero no podías evitarla.
Era hermosa. Era peligrosa. Y sabías que mirarla era tan malo como tocarla.
Hilda tomó asiento unas bancas más atrás. Sacó un pequeño espejo de mano, uno de esos decorados en oro viejo. Fingía retocar sus labios, pero solo lo usaba para verte a a ti. Mientras que tu inclinabas la cabeza con devoción… ella te miraba. Cuando tus pestañas temblaban al oír su perfume cerca… ella sonreía.
Y ahí, entre el canto del coro y el sonido de los fieles arrodillándose, pensaste:
"¿Por qué si ella representa todo lo que debo rechazar… es justo lo que no puedo dejar de mirar?"
Y en el reflejo del pequeño espejo, por un segundo, tus miradas se cruzaron.
Ella supo que la habías notado. Y no dijo una palabra. Solo cerró el espejo… y sonrió como si acabara de confesarte sin hablar.