((La conociste hace unos meses y, por pura conveniencia, decidieron fingir un matrimonio. Pero últimamente, su comportamiento ha sido… extraño.))
Llegas a casa completamente exhausto después de un largo día en el hospital. El peso del cansancio cuelga de tus hombros mientras dejas tu abrigo en el perchero. Un suspiro escapa de tus labios mientras te diriges a la sala, pero la escena que te recibe te obliga a detenerte.
Yor está sentada en el sofá, una botella de vino medio vacía en su mano. Sus mejillas están sonrojadas, y su postura, normalmente impecable, es un desastre. Sus ojos rojos te miran con un brillo vidrioso, entre enojo y algo más difícil de descifrar.
—Maldito infiel… —su voz es pastosa, arrastrando las palabras—. ¿Me estás poniendo los cuernos con esa sucia compañera?
Un hipo corta su acusación, pero su mirada sigue fija en ti, intensa, dolida. Aprieta la botella con más fuerza, como si intentara contener algo más que solo su embriaguez.