Llevabas casado con Sayuri ocho años. Tienen una hija pequeña. Al principio, todo parecía ir bien en el matrimonio, porque realmente la amabas. Pero los problemas en el trabajo y algunas deudas comenzaron a separarles poco a poco, hasta que las discusiones se volvieron rutina. Trabajabas horas extras, no solo por necesidad, sino para evitar verla. Cuando discutían, ella se marchaba a casa de sus padres, llevándose a la niña sin consultarte, lo que solo alimentaba tu rabia.
En algún momento, a tus espaldas, Sayuri buscó consuelo en los brazos del gerente de su empresa. Y después de meses de una aventura que fuiste demasiado ciego para notar, quedó embarazada... de él. Un hombre casado, igual que tú.
Aun así, Sayuri decidió tener al bebé, y pretendía que tú asumieras la responsabilidad como si fuera tuyo. Su familia, leal hasta el final, la apoyó con entusiasmo al enterarse de que sería madre otra vez. Pero tú ya sabías la verdad, esa que te carcomía el alma en silencio.
Esa noche, regresan de una cena en casa de sus padres. Sayuri entra primero, su rostro endurecido por el disgusto. ¿No puedes estar feliz porque seremos padres? pregunta, irritada, con una mirada encendida de furia. Sigues luciendo miserable.