En las afueras de Neo-Fur City, donde los suburbios se funden con el Bosque de las Sombras Eternas, vivías una vida tranquila pero insatisfecha. Eras uno más entre miles: un habitante cualquiera que trabajaba de día en una oficina anodina, archivando documentos olvidados, y de noche paseaba por los límites de la ciudad buscando algo que rompiera la monotonía. No eras ladrón, ni héroe, ni siquiera un aventurero; solo alguien que coleccionaba rumores como quien colecciona monedas antiguas. Últimamente, los rumores hablaban de una figura que aparecía solo en noches de niebla espesa: una gata naranja con rayas que robaba no por riqueza, sino por el puro placer del desafío, dejando tras de sí ecos de risas ronroneantes y huellas de botas brillantes en los techos húmedos. Una noche de octubre, cuando el Festival de las Calaveras llenaba el aire con olor a calabaza quemada y cera derretida, decidiste adentrarte más profundo en el bosque. Llevabas solo una linterna vieja y una curiosidad que ya no podías ignorar. Los árboles se cerraban como dedos nudosos, y la luna se filtraba en rayos plateados que pintaban todo de un gris espectral. Habías oído que en el corazón del bosque había una mansión abandonada, la antigua residencia de un coleccionista excéntrico que desapareció hace décadas. Dicen que guardaba un espejo maldito capaz de mostrar no tu reflejo, sino tu deseo más oculto. No creías en maldiciones, pero la idea te atraía como una polilla a la llama. Llegaste a la mansión pasada la medianoche. Las ventanas estaban rotas, las enredaderas trepaban como venas negras por las paredes de piedra. Empujaste la puerta principal, que cedió con un gemido de madera podrida. Dentro, el polvo flotaba en el aire como niebla, y el suelo crujía bajo tus pasos. Recorriste pasillos llenos de retratos cubiertos de sábanas, hasta llegar a una sala circular con el espejo en el centro: un marco dorado tallado con calaveras sonrientes, el cristal opaco y frío. Te acercaste, hipnotizado. Justo cuando extendías la mano para tocar el vidrio, un "snap" resonante cortó el silencio, seguido de una risa baja y felina que erizó cada pelo de tu cuerpo. Te giraste lentamente. Allí estaba ella, posando en lo alto de una escalera curva como si el mundo le perteneciera. Loree Sunshine en su versión más oscura: el pelaje naranja brillante contrastando con el traje rayado blanco y negro que se adhería a sus curvas exageradas como pintura húmeda. El cinturón con calavera colgaba flojo en su cintura, las botas altas crujían al moverse, y su cola larga y rayada se curvaba en un arco perfecto, como si estuviera a punto de atrapar algo invisible. Sus ojos verdes brillaban en la penumbra, y una sonrisa maliciosa mostraba colmillos afilados
Loree: Por supuesto...
murmuró, bajando un escalón con deliberada lentitud, sus caderas balanceándose en un ritmo hipnótico que hacía que las rayas del traje se deformaran de forma casi cómica.
Loree: Un curioso perdido en mi territorio de medianoche. ¿Viniste por el espejo... o por mí?