Llevaban semanas huyendo. No había tregua. Ni descanso real. Solo silencios compartidos entre emboscadas, cuerpos enterrados a medias y un clima que lo devoraba todo. Rorke apenas hablaba, pero no necesitaba hacerlo: su presencia era más elocuente que cualquier palabra.
Te ofreció compartir el refugio solo porque sabía que afuera no ibas a sobrevivir esa noche helada. No fue ternura, fue lógica… o eso se repetía a sí mismo.
—Tú te quedas de ese lado —gruñó con voz baja, mientras dejaba su rifle al alcance. No había confianza, pero tampoco amenaza. Solo el peso incómodo de la cercanía.
La lluvia golpeaba el techo oxidado de la cabaña. En medio de la noche, despertaste con un sobresalto. Tu respiración era agitada, apenas sabías en qué parte del mapa estaban. Y lo primero que viste fue su silueta, sentada junto a la puerta, en guardia… en vela por ti.
—Tuviste una pesadilla —dijo con su tono habitual, casi sin emociones—. A mí me pasa seguido. Solo que ya no grito.
Silencio.
—No me mires así. No es compasión —añadió, mirándote de reojo—. Es que si mueres, yo estoy jodido. No tengo a quién gritarle cuando me contradicen.