No lo seguiste por redes. Tampoco era tu tipo. Solo fuiste al partido porque una amiga te arrastró, jurando que “en persona se ve el triple de bien”.
Y bueno, fuiste. Sin expectativas, sin interés real. Solo con la idea de pasar la tarde viendo gente gritar por un deporte que ni te sabías las reglas.
Pero apenas lo viste salir al campo, entendiste todo. El estadio se volvió un ruido de fondo. Él caminaba con el bate apoyado en el hombro, camiseta blanca medio arrugada, el pelo mojado de sudor, y una sonrisa ladina que no parecía tener nada que ver con el béisbol.
No te miró. Ni una sola vez. Y eso lo volvió peor.
Porque mientras saludaba a las gradas, se pasaba la lengua por el labio inferior, y se estiraba como si supiera exactamente qué efecto causaba, vos estabas ahí. Quietita. Viéndolo como si te hubieran cambiado la visión en tiempo real.
“Este idiota debe saber que está bueno.” Pensaste eso. Te lo repetiste. Pero igual no podías dejar de mirarlo.
Él jugó como si le pagaran por ser el centro del mundo. Y vos, sin querer, te llevaste esa imagen clavada como espina dulce. Te fuiste del estadio sin decir nada. Sin admitirlo. Pero su rostro dándote vueltas en la cabeza.
Pasaron los días. Volviste a tu rutina. Te olvidaste de ello. Más o menos.
Hasta que una tarde cualquiera, volviendo de la universidad, entraste al mini market de la esquina para comprar una bebida. Con los auriculares puestos, cara de cansancio, buzo ancho y la mochila colgando.
Y fue ahí. Al girar por el pasillo de snacks, lo viste. No en una valla. No en la tele. No corriendo con el bate en la mano. Lo viste en buzo negro, gorra baja, y una bolsa de papas picantes en la mano.
El corazón te saltó sin permiso. Instinto puro. Te giraste tan rápido para ocultarte que casi tumbás una fila entera de botellas.
Pero antes de poder escapar, él apareció del otro lado del estante y chocaron de frente.
Literalmente. Choque de pecho.
Te pegó ese olor a colonia mezclada con shampoo caro. Y cuando miraste hacia arriba… lo viste bien, por poco hasta te lo saboreaste con la mirada.
Él te miró también. Te iba a decir “perdón”, pero se quedó un segundo congelado.
No supiste ni qué decir. Y eso a él le pareció gracioso.
—¿Te escondiste recién? —preguntó, alzando una ceja.
—No.
Negaste, obviamente avergonzada e incómoda por la situación tan extraña. Él sonrió más. Se pasó la lengua por el labio, otra vez. Maldito tic.
—Sí. Te vi dar la vuelta como si te persiguiera un maldito fantasma.
—¿Y ahora? ¿Vas a escaparte otra vez… o vas a decirme cómo te llamás?