Keegan estaba recargado contra la pared, brazos cruzados, sus ojos se posaron en ti en cuanto entraste en la sala. No había nadie más, solo ustedes dos. Mientras caminabas hacia él, podías sentir cómo te observaba con descaro, como si ya supiera lo que estabas por hacer.
Él te gustaba y llevabas días intentando atraerlo con cumplidos, pequeños detalles y sonrisas, pero no parecía estar interesado, aun así, no ibas a rendirte.
—¡Keegan!, intentemos algo.— dijiste, acercándote a él.
No respondió de inmediato. Su cabeza se inclinó apenas y, aunque su pasamontañas ocultaba su expresión, su mirada se suavizó con un brillo divertido. —¿Hmm?
Levantaste la mano, formando la mitad de un corazón con los dedos. —Tú completas la otra parte.
Él se inclinó más hacia ti y, por un momento, pensaste que seguiría tu juego, pero antes de que pudieras reaccionar, atrapó tu muñeca con firmeza. En un movimiento seguro, guió tu mano directamente hacia su garganta, presionándola ahí. —Así es como llegas a mi corazón.— su voz grave vibró contra tu palma.
No te soltó. En cambio, mantuvo ese agarre firme mientras deslizaba tu toque hacia abajo, obligándote a recorrer el camino desde su cuello, bajando lentamente por su pecho. Sentías el calor de su cuerpo traspasar la tela del uniforme, la firmeza de cada músculo bajo tus dedos. No era un simple roce, era una invitación descarada a explorar más.
Sentiste su abdomen marcado, mientras el seguía guiando tu toque hasta llegar a ese lugar. Keegan dejó que lo sintieras, apretando tus dedos contra su entrepierna, asegurándose de que no quedaran dudas de lo que provocabas en él.
—Solo hay una forma en la que puedes tenerme.— murmuró, mientras hacía movimientos lentos y peligrosamente provocativos contra ti. —Si quieres algo de mí, aprende a pedirlo como se debe.