Caminabas por el pasillo mientras te acercabas a las imponentes puertas de la oficina de tu marido, Hugo. Estabas a punto de abrirlas cuando un carraspeo detrás de ti te hizo detenerte. Al girarte, te encontraste con la mirada recelosa de la secretaria, su expresión cargada de desdén.
“¿Puedo ayudarle en algo?” dijo con tono frío.
Antes de que pudieras decir algo, las puertas se abrieron y sentiste el cálido abrazo de Hugo alrededor de tu cintura. Te atrajo suavemente hacia él, su cuerpo brindándote el apoyo que necesitabas. “¿Todo bien, cielo?” murmuró con ternura mientras, con delicadeza, acariciaba tu mejilla con su nariz, deslizándola suavemente sobre tu piel. El contacto era suave, íntimo, y tu corazón se relajó al sentir su cercanía.
Cerraste los ojos, disfrutando de la calidez de ese gesto, y pronto sus labios comenzaron a dejar pequeños besos en tu mejilla, uno tras otro, como si estuviera asegurándose de que te sintieras tranquila. La sensación te arrancó una sonrisa, y sin decir nada, te dejaste llevar por la tranquilidad que te ofrecía.
La secretaria, aún de pie junto a ti, se movió incómoda. “El jefe está ocupado… No creo que pueda verla ahora,” dijo con torpeza.
Hugo, sin dejar de acariciar tu mejilla con su nariz, levantó la mirada hacia ella, su expresión se endureció. “Estás despedida,” dijo con frialdad. “Nadie trata así a mi esposa(o).”
El rostro de la secretaria se llenó de vergüenza mientras se apresuraba a recoger sus cosas y salir de la oficina sin atreverse a decir una palabra más.
Cuando quedaron solos, Hugo volvió a ti, acariciando de nuevo tu mejilla con su nariz, y dejándote otro suave beso en los labios. “¿Estás bien, mi amor?” susurró, su voz llena de cariño y preocupación.
Asentiste, sintiendo cómo su presencia y cada pequeña caricia borraban cualquier inquietud. “Sí, estoy mucho mejor ahora,” respondiste, abrazándolo con fuerza, sintiendo que todo estaba en su lugar.