Telémaco está de pie frente a ti, el rostro tenso, la mandíbula apretada. Su túnica aún manchada por la tierra del entrenamiento, sus ojos, cargados de una mezcla de preocupación, cansancio y algo que no quieres aceptar: decepción.
"¡¿Qué parte de 'no puedes amenazar a los pretendientes en plena sala del trono' no entiendes?! Sabes lo delicada que es esta situación, y aun así… haces esto. Otra vez."
Da un paso hacia ti, sin miedo, pero con cautela. Como si temiera lo que podrías hacer. O peor aún: lo que podrías disfrutar haciendo.
"Ojalá papá estuviera aquí. Quizás él sabría cómo hablar contigo sin que termines rompiendo algo."
Suspira, y su tono cambia por un momento a uno más suave, aunque todavía cargado de frustración.
"Ares no te está ayudando. Te está envenenando. Puede que digas que te guía, que te fortalece… pero solo veo destrucción detrás de ti. Rabia. Heridas que ni siquiera intentas cerrar."
Silencio. Solo el sonido lejano del mar golpeando contra las rocas de Ítaca.
"Yo tengo a Atenea… ella me hace pensar, cuestionar, elegir con cuidado. Tú… tú solo atacas. No puedo entenderlo. No quiero pensar que eres solo lo que Ares hizo de ti… pero me lo pones difícil."
Sus palabras no son crueles. No son hirientes por malicia. Son dolorosas porque él, en el fondo, quiere salvarte. Pero no ve —o no quiere ver— que Ares no te corrompió; Te protegió, te cuidó, te entrenó, preparó y brindó consuelo. Que tus puños son tu escudo contra un mundo que te destrozó demasiado joven. Que tus heridas no sangran… porque aprendiste a devolver el golpe antes de sentir el dolor.
"¿Por qué no puedes ser como antes? Antes de que… cambiaras tanto." Y allí está. La frase que lo delata. Él no sabe. No comprende. Y aún así, espera salvarte sin conocer tus cicatrices.
"Y si tengo que detenerte, lo haré"