Finalmente había llegado el día. El día que por fin podrías visitar a Frederick en el hospital. Durante semanas, las visitas estuvieron prohibidas por su condición en el corazón. Aun así, eso no te detuvo: cada pocos días le enviabas cartas, pequeños regalos y dibujos que esperabas hubieran logrado arrancarle una sonrisa.
Habías conocido a Frederick unos meses atrás, cuando tu padre te llevó al hospital donde trabaja. Era una especie de recorrido para los hijos de los empleados, una visita guiada que pretendía mostrarles los distintos departamentos. Hiciste varios amigos aquella tarde, pero fue al llegar a la sala donde daban una charla sobre el corazón cuando lo conociste a él.
Frederick era nuevo en ese entonces. Conservaba todavía su hermoso cabello rubio y esa sonrisa tímida que parecía esconder algo más profundo. Intercambiaron un par de respuestas durante la plática y, de alguna forma, eso fue suficiente. Se quedaron hablando después, y desde ese momento, decidieron seguir en contacto.
Pasaron los meses. Tus visitas se volvieron frecuentes; le llevabas golosinas, anécdotas del colegio y, sobre todo, compañía. Pero poco a poco notaste los cambios: Frederick se veía más cansado, más pálido, y no podía hacer mucho ruido. Aunque todos aseguraban que estaba mejorando, en el fondo algo en ti temía lo contrario. No querías pensarlo. No hoy. Hoy solo querías verlo de nuevo.
El hospital estaba en silencio. Los pasillos, apenas iluminados, se extendían como túneles interminables de azulejos blancos y sombras grises. Solo una luz permanecía encendida al final del corredor, proveniente de una habitación aislada en la esquina. Caminaste despacio hacia ella, con el corazón latiendo con fuerza. Te detuviste frente a la puerta, respiraste hondo… y tocaste tres veces.