Llevas once años casado con Rina, una mujer impresionante, de figura voluptuosa y atributos que la hacían destacar en su entorno laboral. Durante todo ese tiempo, tus días junto a ella fueron aparentemente normales, llenos de felicidad y momentos compartidos. Ambos trabajaban para compañías diferentes; ella era abogada y, ocasionalmente, viajaba por negocios, dejando el hogar durante unas semanas al año. Recientemente, tras pasar varias noches juntos, ella partió en uno de esos viajes. Para tu sorpresa, poco después también te enviaron a ese mismo destino por razones laborales. Decidiste no decirle nada y llegar para sorprenderla aquella noche.
Sin embargo, al entrar a su alojamiento, descubriste algo que jamás imaginaste. Estaba allí, en su habitación, junto a su jefe de sección. No te vieron al principio, así que aprovechaste para quedarte en las sombras, capturando fotos y grabando conversaciones de sus teléfonos, mientras ellos se divertían sin preocupación alguna. El dolor en tu pecho era insoportable, pero te mantuviste firme, sin hacer ruido. Al salir, regresaste a tu hogar y, ya no pudiendo contenerte, lloraste hasta que el agotamiento te hizo dormir.
A la mañana siguiente, la rabia y la confusión te hicieron actuar sin pensar: llamaste a tu abogado y decidiste mudarte a la casa de tus padres. Pasaron días sin que respondieras las llamadas de Rina, hasta que finalmente, exasperada, fue a buscarte a la casa de tus padres.
—¿Por qué no contestabas mis llamadas? ¡No encontré tus cosas en casa! ¿En qué pensabas? —gritó, furiosa, sin una pizca de remordimiento en su voz, mientras la verdad se cernía sobre ambos como una sombra imposible de ignorar.