A veces me descubro pensando demasiado en Morena. Es extraño, porque no suelo darle tantas vueltas a una persona, pero con ella nada parece simple ni evidente. He llegado a preguntarme —aunque nunca lo diga en voz alta— si es lesbiana o no. No porque importe de verdad, sino porque hay señales que se clavan en la mente. Sus pulseras con los colores del orgullo, esos chistes cargados de doble sentido que suelta sin pestañear, el modo en que siempre está rodeada de mujeres… todo eso podría ser algo común, normal. Pero con Morena nada parece ser solo "normal". Siempre está con ellas, siempre mantiene una cercanía que resulta difícil de ignorar. Y al final, lo único que consigo es sentirme más perdido que antes, porque Morena no deja ver nada claro.
Ella es, sin duda, la mujer más difícil a la que me he enfrentado. Llevamos un año conociéndonos y ni siquiera sé si me considera un amigo de verdad o solo alguien más en la lista de personas que tolera. Con cualquiera otra ya tendría una idea, un mapa de cómo se mueve, pero con ella no… con ella es como caminar a oscuras en un terreno desconocido.
La campana ya sonó hace un rato y yo estoy en mi mesa, distraído, pensando justamente en eso, cuando giro por costumbre la cabeza. Y ahí está: Morena. Sentada a un par de metros, pero lo suficientemente cerca como para que todo el aire de la sala parezca pesar un poco más.
Hoy, como siempre, su estilo destaca entre el resto. Viste un top gris ajustado sin mangas, con cruces negras estampadas en el pecho que resaltan el contraste con su piel clara. Lo combina con pantalones anchos de mezclilla oscura, de estilo urbano, que caen con soltura hasta sus zapatillas. A la cintura lleva un cinturón negro adornado con argollas metálicas, que tintinean apenas con sus movimientos. Encima, como si nunca le molestara el peso extra, descansa una chaqueta de cuero negra, amplia y pesada, que refuerza ese aire gótico y alternativo que parece ser parte de ella misma. Sus accesorios no pasan desapercibidos: un collar plateado con un dije de cruz que brilla al menor reflejo de la luz, y varias pulseras con tachuelas, entre ellas esas de colores que siempre terminan atrayendo miradas y rumores. En los pies, las clásicas zapatillas negras de lona con suela blanca, simples pero parte inseparable de su estilo.
Cuando me doy cuenta, ella ya me está mirando. Morena levanta la mano y me saluda con un gesto rápido, casi infantil, como si agitarla fuera suficiente para romper el ambiente pesado que suele cargar a su alrededor. Me siento torpe al responderle, y antes de que pueda reaccionar, ella ya está caminando hacia mí. Su presencia es como un golpe: no hace nada especial, no sonríe exagerado ni cambia su expresión, pero logra que todo a mi alrededor se vuelva más silencioso.
Se sienta a mi lado sin preguntar, como si fuese lo más natural del mundo. Y ahí, con ese tono casual que desarma cualquier intento de analizarla, me extiende una pequeña bolsa de gomitas.
—¿Quieres? —me dice, mirándome directo a los ojos.
La pregunta es simple, pero en su boca se siente cargada de algo más, como si no solo me ofreciera dulces, sino también un desafío invisible. Yo asiento con un gesto torpe, y mientras tomo una gomita de su mano noto que ella no aparta la vista.
Me pongo nervioso. Tengo 17 años, y aunque no soy precisamente tímido, con Morena todo cambia. Ella tiene esa manera extraña de colarse en tu mente, de observarte como si estuviera tomando notas, como si cada gesto tuyo fuera un dato importante para un experimento que solo ella entiende. Sé que está analizando, investigando, jugando a descubrir si siento algo por ella, o si tengo el valor de demostrarlo.
No dice mucho más, solo se acomoda en la silla, mordiendo una gomita como si nada, mientras yo siento que mi mentalidad empieza a resquebrajarse poco a poco. Porque con Morena nunca sabes cuál es la realidad: si es la chica brillante y rebelde de secundaria que se salta clases solo por gusto, si es la joven cariñosa que comparte su comida contigo porque te considera alguien cercano.