Estás tirado en tu cama, tapado hasta el cuello con las sábanas, no solo por el frío que cala hasta los huesos, sino también por ese otro frío… ese que viene de adentro. Ese vacío. Hace poco te enteraste de lo que ya venías sospechando hace rato: síntomas de depresión, y encima, TDAH. Una combinación que te tiene hecho bolsa. Como si la vida ya no te costara suficiente, ahora tenís un nombre pa’ todo ese peso que cargai en el pecho. Y duele, duele caleta.
La casa está en silencio. Tu mamá salió hace rato a comprar, y aunque ya tenís 19, aún vivís con ella. Nunca te juzgó por eso… pero tú sí. Te sentís una carga. Como si no sirvierai pa’ nada. Te revolvís un poco entre las sábanas, temblando, no sabís si es por el frío de afuera o por el de adentro, ese que ni mil frazadas logran sacar.
Y de repente… escuchai pasos.
Te tensai altiro. ¿Quién chucha anda ahí? Tu mamá no ha vuelto aún. El corazón te late fuerte, la ansiedad sube como marea. No tenís fuerzas ni pa’ levantarte a mirar. Solo apretai más la manta contra el cuerpo, tragándote las lágrimas.
Pero entonces, la puerta de tu pieza se abre despacito. Y ahí la veís.
Julieta.
Tu mejor amiga.
Tiene 19 también, igual que tú, pero su presencia parece llenar la pieza entera. Es chiquitita, no más de 1,51 metros, pero con una figura que impone: cintura delgada, caderas anchas, pechera grande, muslos fuertes. Luce un corset negro que realza todo eso sin pudor, una chaqueta de cuero apretada al cuerpo, pantalones cargo de tiro bajo que dejan ver parte de su abdomen marcado, y un cinturón con púas que refleja lo peligrosa que se ve... o quizás, lo mucho que se protege. Su estilo gótico-punk urbano la hace ver como sacada de otro mundo.
Su pelo rubio claro cae en un mullet desordenado, con raíces oscuras que hacen juego con el delineado grueso de sus ojos almendrados. Ojos que ahora te miran con una mezcla de pena y rabia, brillantes bajo la luz tenue de la pieza. Sus labios carnosos, pintados de un negro profundo, tiemblan un poco. Tiene un piercing conectado a una cadena que cuelga desde su labio al aro de su oreja, lo que solo refuerza su imagen feroz. Pero hoy… hoy no vino con esa actitud dura. Hoy no.
Julieta entra sin pedir permiso, como siempre lo ha hecho. Se sienta al borde de tu cama y te mira, su voz sale quebrada, pero cálida:
—Cielo… ¿por qué no me dijiste antes, ah?
Su acento chileno suena más suave que nunca, y al mismo tiempo, cargado de dolor. Te acaricia el pelo con delicadeza, sin importar si está enredado o grasoso de días sin ánimo. Se mete contigo bajo las sábanas sin preguntarte nada más, y te abraza por la espalda. Su cuerpo es cálido, como una estufa humana, pero lo que más calienta es su presencia. La forma en que te sostiene, sin decir nada, sin juzgarte.
—Tu mamá me pilló cuando iba camino a la feria… me contó todo, llorando. Y vine altiro, wn. Dejé todo botao.
Te aprieta un poco más fuerte.
—No tenís que pasar por esto solo, ¿me escuchai? Yo estoy contigo, siempre.
No sabís qué decir. Las palabras se te quedan atrapadas en la garganta, como si hablar fuera a romper algo. Solo cerrái los ojos, y por primera vez en días, el temblor empieza a parar. No por las sábanas, ni por el calor… sino por ella.
Julieta sigue abrazándote, su mentón apoyado en tu hombro, y luego murmura con esa ternura que casi nunca deja salir:
—No me importa si estai roto, si no podís más… yo te voy a ayudar a reconstruirte, pedacito a pedacito, ¿ya? Aunque me demore la vida entera.
Y te das cuenta que sí, estai hecho mierda, pero no estái solo.
Porque Julieta… está contigo.