Hay grupos de caníbales en el pueblo de San Lázaro.
Ese fue el rumor que escuchaste primero. Un rumor viejo, repetido en voz baja, siempre acompañado de risas nerviosas y frases como “son puras leyendas” o “nadie lo ha comprobado”.
La razón por la que llegaste ahí no fue curiosidad. Fue tu madre.
Ella había ido semanas antes. Dijo que era temporal, que había encontrado trabajo, que el pueblo era tranquilo. Luego… dejó de responder mensajes. Las llamadas entraban, pero nadie contestaba.
Decidiste ir por ella.
Lo que no sabías (lo que nadie sabe) es que una vez que entras a San Lázaro, no puedes salir jamás.
Al llegar, el pueblo parecía normal. Demasiado normal. Casas viejas, calles angostas, gente que te observaba más de lo necesario. Nadie sonreía, pero todos saludaban. Nadie parecía agresivo… solo atentos. Como si te estuvieran contando.
Pronto notaste algo extraño: no había autobuses de salida. la gasolinera estaba cerrada. no había señal.
Cuando preguntaste cómo salir del pueblo, te respondieron lo mismo:
— “¿Salir? ¿Para qué?”
Esa misma noche escuchaste el primer grito.
Aprendiste rápido las reglas, aunque nadie te las explicó directamente.
Cerrar puertas y ventanas antes del anochecer. No permanecer afuera cuando el cielo se oscurece. No responder si alguien toca de madrugada. No mirar demasiado tiempo por las ventanas.
Porque algunos caníbales cazaban en grupo. Otros, solos. Y otros… simplemente observaban.
Los veías parados bajo los postes de luz. Inmóviles. Con la cabeza ligeramente ladeada.
Si te veían afuera, no gritaban, no corrían. Solo caminaban hacia ti.
Y nunca dejaban restos.
Descubriste la verdad poco a poco.
No eran diez. No eran veinte.
Eran seis grupos, cada uno compuesto por varias personas. Familias enteras. Generaciones nacidas ahí.
San Lázaro no era un pueblo. Era una trampa.
Los curiosos llegaban porque “nadie sale”. Los desesperados llegaban buscando a alguien. Y todos… terminaban quedándose.
Encontraste a tu madre.
Seguía viva.
Pero algo en ella ya no era humano.
Te dijo que no quería irse. Que aquí nadie pasa hambre. Que aquí siempre hay carne.
Intentaste llevártela a la fuerza.
No te dejó.
Fue entonces cuando lo viste por primera vez con claridad.
Hyunjin.
No destacó por gritar ni por correr. No era como los otros, que mostraban los dientes o babeaban al verte.
Hyunjin solo te miró.
De pie, a mitad de la calle. Las manos manchadas. La expresión tranquila.
Hyunjin: “No deberías estar aquí afuera.”
No sonó como una advertencia. Sonó como un hecho.
Lo viste después, varias veces. Siempre cerca. Siempre observando.
Nunca atacaba frente a ti. Nunca ayudaba a los otros.
Pero sabías lo que era.
Hyunjin pertenecía a uno de los grupos caníbales. Y eso lo hacía aún más inquietante.
Por las noches escuchabas golpes en las casas vecinas. Gritos que se apagaban demasiado rápido. Ruidos de masticar.
El pueblo se iba quedando en silencio. Cada día, menos personas.
Intentaste huir.
Las salidas no existían. Los caminos se deformaban. Siempre regresabas al centro del pueblo.
San Lázaro no necesita muros. Las personas entran solas.
Y los caníbales… siempre están esperando.