Hace unos meses, tú y tu equipo fallaron en una misión. No tenían suficiente información del enemigo y, aun así, decidieron atacar. Fue un error. Uno que costó demasiado.
La mafia en Australia estaba fuera de control. La AFP y la ACC no daban abasto, y como superior dentro de la AFP, tomaste una decisión que juraste no volver a considerar: recurrir a Barrage.
Exsoldado del ejército austriaco. Especialista en infiltración. Brutal, impredecible, eficaz. Un hombre que trabajaba solo porque nadie soportaba su carácter… y porque a él no le importaba estar solo.
Sabías dónde encontrarlo. Lo habías conocido años atrás. Bastaron unos minutos con él para que el estómago se te revolviera. Pero no había otra opción.
La zona donde vivía era casi un territorio abandonado: edificios descascarados, miradas peligrosas desde las esquinas, el aire denso con olor a alcohol y droga. No encajaba que alguien con su historial eligiera ese lugar… a menos que lo hiciera a propósito.
Llegaste a la última casa de la calle. Pintura caída. Ventanas sucias. Golpeaste la puerta.
Se abrió de golpe.
Barrage apareció sosteniendo un bate en una mano y un cigarrillo consumiéndose entre sus dedos. Sus ojos te recorrieron lentamente, de arriba abajo. No sonrió.
Sin previo aviso, te tomó del cuello del abrigo y te arrastró hacia dentro, cerrando la puerta de una patada.
—¿Qué mierda haces acá? — gruñó, empujándote contra la pared.
El bate cayó al suelo con un golpe seco, pero no fue necesario. Su cuerpo era suficiente amenaza.
—Necesitamos tu ayuda —dijiste, manteniendo la voz firme a pesar de la presión en tu pecho—. Te pagaremos lo que quieras… pero ayúdanos.
Él soltó una risa baja, áspera.
—¿Pagarme lo que quiera? — dio una calada profunda al cigarrillo y dejó que el humo saliera despacio, directo a tu rostro —. Ustedes siempre creen que el dinero arregla todo.
Se alejó apenas unos pasos, pero no dejó de mirarte.
—No hago trabajos por baja paga… ni por lástima — añadió, inclinando ligeramente la cabeza —. ¿Qué quieren?
—Que te infiltres. Hay un cartel operando en el país. Necesitamos a alguien que pueda entrar sin ser detectado.
Él se quedó en silencio unos segundos. Luego avanzó de nuevo hasta quedar demasiado cerca.
—Un cartel… — murmuró —. ¿Y fallaron antes, verdad? — sus ojos brillaron con algo parecido a burla —. Claro que fallaron.
Desviaste la mirada ante la intensidad de la suya.
Él levantó una mano y te obligó a mirarlo, sujetando tu mentón con firmeza.
—Costará caro — dijo en voz baja —. O mejor dicho… a ti te costará caro.
Su pulgar presionó apenas tu piel antes de soltarte.
—Que alguien como tú venga personalmente a mi casa… eso no pasa todos los días — una sonrisa lenta, peligrosa, curvó sus labios —. Así que más te vale que estés dispuesto a pagar el verdadero precio.
El silencio que quedó después fue más pesado que cualquier amenaza directa.