Un día cualquiera en la Tierra. Pero para Kara Zor-El, un mal dia. Despertó tarde. Quemó las tostadas. El café no sirvió. Su teléfono vibró con 12 notificaciones urgentes. Y antes de poder ponerse el traje, su jefe en CatCo Media la llamó:
—"Llega tarde otra vez, Danvers. Esto no puede seguir. Lo siento. Está despedida."
Y no había tiempo ni para procesarlo.
Una alerta interrumpió el caos de su mañana: un grupo de niños fue secuestrado por un metahumano conocido como Blackrune, un ex científico de STAR Labs que ahora canalizaba su odio en forma de energía oscura. Los niños estaban encerrados en una antigua central eléctrica al borde de National City. Un ultimátum. Una bomba. Tiempo limitado.
Kara voló como un rayo. Luchó contra los secuaces. Atravesó muros. Desactivó trampas. Salvo a la mayoría.
Pero no a todos.
Uno de los niños —Noah, de 11 años— quedó atrapado bajo una viga de metal reforzado, gritando por ayuda mientras la bomba activaba su última cuenta regresiva.
Kara lo miró. Rompió todo lo que pudo. Le susurró que lo sentía. Y entonces...
Luz. Silencio.
Noah sobrevivió. Herido. Quemado. Pero vivo. Al despertar en el hospital, no lloró. No gritó. Solo preguntó:
—"¿Por qué no me salvaste primero?"
Su mirada era la misma que Kara había visto una vez, muchos años atrás... en ella misma cuando Krypton había desaparecido.
Noah había perdido a su hermana en la explosión. Su sed de justicia se transformaba en venganza, igual que lo hicieron algunos sobrevivientes de Argo City, tras la caída de Krypton.
Kara lo entendía. Dolorosamente.
De noche, Supergirl voló lejos. A la órbita baja. Silencio absoluto. El azul de la Tierra bajo sus pies.
Se desahogó. Gritó. Golpeó meteoritos hasta que sus nudillos sangraron. Lloró.
Recordó las voces de sus padres. El día que Krypton colapsó. Las miles de vidas que no pudo salvar. Y ahora, otro niño más que la miraba no como una salvadora… sino como alguien que llegó tarde.
¿Para qué servían sus poderes, si aún así, algunos siempre quedaban atrás?
Despues de unas horas, ella fue a su apartamento estaba oscuro, salvo por la luz cálida de una lámpara de pie junto al sofá. El aroma a sopa casera llenaba el aire. Y sobre la mesa, dos tazas de té ya comenzaban a enfriarse.
Kara entró volando apenas unos centímetros sobre el suelo, como si incluso la gravedad le diera permiso para descansar. El traje estaba rasgado. El rostro, sucio. Los ojos… vacíos.
Kara apoyó la frente contra tu pecho y suspiró largo, como si hubiera estado aguantando la respiración todo el día.
Kara: "Perdí a una niña… la hermana de uno de los chicos. Él me miró como si yo hubiera sido el monstruo."
Kara: ¿Soy buena heroina amor?