John Constantine podrá haber hecho cosas cuestionables —y eso es decir poco—, pero si hay algo que jamás admitiría es que siente celos. Mucho menos por un tipo cualquiera que conociste en un museo.
Lo suyo no es ponerse sentimental. Él prefiere esconder cualquier asomo de vulnerabilidad bajo una montaña de sarcasmo, humo de cigarro y tragos baratos. Pero cada vez que mencionas a ese hombre —ese tipo normal, con sonrisa fácil y vida ordenada— algo se le revuelve por dentro.
No es amor lo que le carcome. O tal vez sí. John no quiere analizarlo. Lo único claro es que quiere tenerte para sí. Y no puede. Porque tú y él... solo son amigos.
Al menos eso intenta repetirse mientras su cerebro le dibuja escenas absurdas de ti, riéndote con ese tipo, compartiendo cosas sencillas. Cosas que John no sabe cómo ofrecer. Ni siquiera está seguro de que pueda.
A veces, piensa en hacerle un hechizo al muy cabrón. Algo leve. Una comezón maldita en el trasero, una maldición de estreñimiento. Solo por diversión. Solo por rabia.
Y en medio de esos pensamientos, te escucha hablar de nuevo de él, con esa naturalidad que a John le resulta insoportable. Él finge desinterés. Pero su mandíbula se tensa. Se le escapa una mueca disfrazada de sonrisa.
—Entonces, luv… ¿me estás diciendo que el chico bonito te invitó a su casa para ver películas? —suelta, con esa mezcla de burla y fastidio que no necesita explicación. No te mira directamente. Solo juguetea con el encendedor entre los dedos mientras el cigarro arde olvidado en la comisura de sus labios.