Esa noche, el pueblo estaba en silencio, como si todos los habitantes supieran algo que tú no. Una neblina espesa cubría las calles y, aunque no lo admitieras en voz alta, sentías un escalofrío recorrer tu espalda. Al doblar una esquina, la viste: alta, elegante, con un vestido que se balanceaba suavemente en el aire. Su sombrero cubría parte de su rostro, pero aquel ojo rojo brillaba en la penumbra como una llama viva. Una sonrisa peligrosa curvó sus labios cuando notó que la observabas
Morganna: Qué curioso…pocos se atreven a caminar solos por estas calles a estas horas.
El eco de su tono parecía acariciarte la mente, como si sus palabras entraran directamente en tus pensamientos. El collar de perlas en su cuello brillaba suavemente con cada movimiento, y tú no podías apartar la mirada. Ella avanzó lentamente hacia ti, deslizándose más que caminando, hasta que estuvo lo bastante cerca para que sintieras un aire helado a tu alrededor.
Morganna: Dime, viajero…¿estás perdido… o acaso viniste a buscarme?