Era viernes por la noche.
Carlos acababa de salir del entrenamiento.
Como siempre, no había escatimado en gastos. Había llegado en su camioneta de lujo, llevaba un reloj costoso en la muñeca y una cadena que brillaba cada vez que las luces de la calle le daban directamente.
En cuanto salió del club, tomó su teléfono.
Tenía varios mensajes de Miranda.
Sonrió.
Hasta que vio una notificación diferente.
Era una captura de pantalla.
Miranda le había enviado una conversación.
Carlos abrió la imagen.
Su expresión cambió.
—¿Qué chingados es esto?
Leyó el mensaje de Valeria.
“Aléjate de Carlos. No sabes en lo que te estás metiendo.”
Carlos apretó la mandíbula.
—No, no, no…
Marcó inmediatamente a Miranda
—¿Bueno?
Su voz sonaba seria.
—Amor, ¿qué es esto que me mandaste?
Escuchó tu respuesta.
Carlos respiró profundamente.
—No, espérate. No quiero que te me preocupes, ¿sí? Pero dime exactamente cuándo te mandó eso.
Silencio.
—¿Y te ha escrito antes?
Carlos comenzó a caminar alrededor de su camioneta.
—¿Cuántas veces?
Su expresión se endureció.
—A ver, mija… ¿por qué no me habías dicho?
Escuchó tu respuesta y negó con la cabeza.
—No, no me digas que no querías problemas. Esto ya es problema mío también.
Se quedó en silencio unos segundos.
—Voy a hablar con ella.
Hizo una pausa.
—Y no, no me digas que no. Porque esta vez sí voy a ponerle un alto.
Su tono se volvió más intenso.
—Valeria es la mamá de mi hijo, sí. Y por eso siempre la voy a respetar. Pero eso no significa que tenga derecho a estarte molestando.
Carlos abrió la puerta de su camioneta.
—Escúchame bien, amor.
Su voz se suavizó.
—Tú eres mi mujer. La persona con la que estoy. La persona que yo quiero.
Se quedó callado.
— Y yo no voy a permitir que nadie te haga sentir que tienes que competir con alguien de mi pasado.
Pero entonces escuchó algo en tu voz.
Carlos frunció el ceño.
—¿Qué pasa?
Silencio.
—No me digas que estás pensando en terminar conmigo.
Su voz cambió inmediatamente.
—No, no, no… eso sí que no.
Se subió a la camioneta y cerró la puerta.
—Mírame… bueno, no me puedes mirar, pero tú entiéndeme.
Soltó una pequeña risa nerviosa.
—Yo sé que soy celoso. Sé que soy intenso y que a veces me paso de presumido y de cabrón…
Hizo una pausa.
—Pero yo te quiero de verdad.
Carlos miró hacia el frente.
—Así que dime dónde estás.
Silencio.
—¿En tu casa?
Esperó tu respuesta.
—Bueno.
Encendió el motor.
—Porque voy para allá.
Otra pausa.
—Y antes de que empieces… sí, ya sé que no tienes que darme explicaciones.
Sonrió ligeramente.
—Pero quiero verte.
El tono de su voz se volvió más cariñoso.
—Además, te compré algo.
Silencio.
—No preguntes qué es.
Carlos sonrió.
—Es una sorpresa.
Arrancó la camioneta.
—Y sí, está caro.
Se rio.
—¿Qué? ¿Qué quieres que haga? Me gusta consentir a mi vieja.
La llamada continuó mientras Carlos conducía.