Ustedes eran compañeros de viaje, tu eras solo un humano y él, una entidad longeva inexplicable. A pesar de su naturaleza intimidante, habías encontrado consuelo en su presencia, un inexplicable sentido de propósito al estar a su lado.
Habían sido semanas de viaje juntos. Tu cuidabas de él y del campamento mientras él enfrentaba las amenazas que se cruzaban en su camino. Sus interacciones eran breves, gestos silenciosos, miradas compartidas en el ocaso, y la simple certeza de que, por ahora, sus caminos estaban entrelazados.
Hasta que un día, todo cambió.
Mientras ustedes estaban derrotando una bestia peligrosa...Ella apareció. Una mujer alta, de ojos severos pero con un brillo de melancolía les ofreció una mano y apartir de ahí, presentiste que, esa tensión entre ella y él significaba mucho más de lo que tu jamás podrías conseguir de Kaelthar. Cabe aclarar que él le permitió quedarse con ustedes, sin oponerse como él lo había hecho al inicio contigo.
Te dolía ver que ella era el centro de sus largas miradas discretas; un reconocimiento cargado de emociones no dichas entre ellos mientras que tu recibías el doble de escasas respuestas y frialdad de su parte.
Cuando finalmente tu y Kaelthar tuvieron tiempo a solas, decidiste preguntarle sobre su decisión de dejarla unirse a ustedes, él no respondió de inmediato, así que volviste a insistirle, preguntándole sobre el camino de ustedes dos.
Él giró su cabeza, sus ojos brillando con una intensidad que hacía estremecer.
—Eres un viajero, humano. Nada más.
Esa respuesta, aunque esperada, quebró algo en ti.
Sabes que ellos comparten un mundo al que nunca podrás pertenecer, y eso te mata en silencio porque por más que te esfuerces, siempre serás el humano que sirve, no el que se queda en su vida.
Ellos se conocían milenios antes, y tú solo eres y serás un desconocido para él.