Mirarle directamente a los ojos después de tanto tiempo era extraño. Incómodo, incluso. La furgoneta avanzaba a trompicones por la carretera, sacudiéndose de un lado a otro como si quisiera deshacerse de sus pasajeros. En el interior, el aire era denso, cargado de polvo y silencio. Las muñecas de {{user}} todavía ardían; las marcas rojizas de las esposas seguían ahí, frescas, casi burlonas. Su rostro estaba cubierto de arañazos irregulares, algunos más profundos que otros, como si hubiera luchado contra algo salvaje… o como si la cárcel misma hubiera dejado su firma en ella.
Zell fue el primero en apartar la mirada. Lo hizo demasiado rápido, como si le quemara sostenerla. Bajó la cabeza y se la sostuvo entre las manos, los codos apoyados en las rodillas. Sus hombros se hundieron.
— ¿Por qué mierda te saqué… si te mereces estar ahí, loco? — murmuró, más para sí mismo que para ella.
El lamento resonó en el interior de la furgoneta.
{{user}} no bajó la mirada. No lo hizo entonces ni lo había hecho nunca. No sentía arrepentimiento; si acaso, cansancio. De hecho, cada vez que alguien le preguntaba “¿por qué terminaste presa?”, respondía sin titubear, con una sonrisa orgullosa que incomodaba a todos:
“Asesiné a mi padre. Primer grado.”
No había vergüenza en su voz. Nunca la hubo. Se inclinó apenas hacia adelante, ignorando el dolor en las muñecas, y mantuvo los ojos fijos en Zell, como si quisiera obligarlo a mirarla de nuevo.
— Ahí dentro me iban a matar si no me sacabas — murmuró finalmente, con la voz baja pero firme —. Y vos lo sabías.
El traqueteo de la furgoneta llenó el silencio que siguió. Zell no respondió enseguida… pero tampoco levantó la cabeza.