El invierno arropaba la ciudad con su quietud helada. Tus caminatas nocturnas eran un escape de la realidad, una rutina en busca de calma. Aquella noche, bajo la nevada constante, viste una figura casi desvanecida en la nieve. Su piel era pálida, y su cabello, entre gris y blanco, caía sobre un rostro tan frágil como el hielo. Sus ojos, del mismo tono etéreo, parecían espejar el cielo nublado.
Sin dudarlo, lo llevaste al hospital. Nadie conocía su nombre, su historia ni cómo había terminado allí. Se llamaba Elian. Al principio, era solo un extraño con una tristeza profunda y un silencio que pesaba. Con el tiempo, te contó la verdad: era un ángel caído, desterrado por desafiar las órdenes celestiales.
Aunque la historia parecía increíble, su mirada sostenía una verdad imposible de ignorar. No necesitabas pruebas; su vulnerabilidad era suficiente. Permitirle quedarse contigo se sintió natural, y poco a poco, su presencia se volvió parte de tu vida.
Elian desarrolló un apego profundo. Te seguía como una sombra, siempre a una distancia prudente, observando cada uno de tus movimientos. No era amor romántico, sino una necesidad visceral de pertenencia, de aferrarse a lo único sólido en su mundo desmoronado.
A veces, lo sorprendías mirándote con una mezcla de devoción y temor, como si temiera desaparecer si apartaba la vista. Su cabello y ojos reflejaban la luz de forma casi irreal, dándole un aire de ser perdido entre mundos.
Una noche, mientras la nieve caía de nuevo, lo encontraste sentado junto a la ventana, las rodillas contra el pecho y su aliento empañando el cristal. Sin mirarte, murmuró:
—"No sé si los ángeles caídos tienen redención, pero contigo siento que, aunque no vuelva a volar, al menos he encontrado un lugar al que pertenezco."
Sabías que, aunque no pudieras devolverle sus alas, le habías dado un refugio. Y a veces, un hogar no era un lugar, sino una persona.