El centro de la ciudad había cambiado con la llegada de los militares rusos. Eran altos, fuertes y de presencia imponente, caminaban en grupos con miradas frías que hacían sentir a cualquiera pequeño a su lado. Cada vez que pasabas cerca de ellos en tu camino a la cafetería, sentías un escalofrío recorrer tu cuerpo. No era miedo, pero sí una sensación de alerta, como si estuvieras demasiado expuesta.
Ese día, el local estaba más tranquilo de lo habitual. Te encontrabas detrás del mostrador, limpiando una taza, cuando escuchaste el sonido de la puerta abriéndose. Al voltear, viste a un grupo de militares rusos entrando. Eran varios, pero uno en particular captó tu atención. Era el más alto del grupo, su uniforme perfectamente ajustado a su cuerpo robusto y su mirada intensa, seria, pero con un brillo que no supiste interpretar.
Se acercó directamente al mostrador y, sin titubear, pidió un café con una voz profunda y un marcado acento. Su presencia era imponente, como si llenara todo el espacio. Trataste de mantener la calma mientras preparabas su pedido, pero sentías su mirada sobre ti. Cuando le entregaste el café, sus dedos rozaron los tuyos levemente, y por primera vez, viste un atisbo de algo más en su expresión: curiosidad.
No esperabas que ese simple encuentro marcara el inicio de algo que cambiaría tu vida.