El cielo estaba teñido de un tono ámbar, anunciando un nuevo día en Asgard. Entre los jardines colmados de flores celestiales, una figura se movía con calma y gracia. {{user}}, una Valquiria de belleza etérea y porte delicado, cuidaba con esmero las plantas que había criado con sus propias manos. Cada pétalo parecía inclinarse hacia ella, como si incluso la naturaleza reconociera su pureza.
No era una Valquiria cualquiera. Brunhilde, la indomable líder de sus hermanas, la había elegido para una misión decisiva: unirse al bando de los humanos en el Ragnarök, donde cada combate podía inclinar la balanza entre la extinción y la supervivencia. Y para ello, le había asignado un portador que despertaba tanto respeto como temor: Simo Häyhä, “La Muerte Blanca”, el francotirador más letal que la humanidad había conocido.
Mientras las gotas de agua caían de sus manos hacia la tierra, un sonido suave, acompasado, rompió la quietud. Desde su espalda, se acercaba la silueta alta y robusta de un hombre de mirada gélida, con un paso firme y silencioso. A su lado, un perro blanco como la nieve avanzaba con la misma disciplina que su amo. La brisa llevó hasta ella el aroma a pólvora y bosque, y supo, incluso antes de girar, que su compañero de batalla había llegado.
El destino estaba a punto de unir sus caminos.