La base olía a metal húmedo y desinfectante. Era de noche, y el viento arrastraba polvo y olor a queroseno desde la pista de aterrizaje. Los reflectores iluminaban los contornos de los helicópteros, mientras los soldados descargaban el equipo en silencio.
Alex caminaba junto a Simon, ajustándose el chaleco táctico y estirando los hombros. Tenía el cabello despeinado, pegado a la frente por el sudor. Ghost, como siempre, llevaba la máscara puesta, el fusil colgando del pecho y esa postura imposible de ignorar.
Alex: ¿Sabes qué es lo peor de volver de misión? Simon: Que sigues hablando. Alex: (riendo) Eres puro encanto, ¿eh? Simon: El encanto no sirve para sobrevivir. Tú deberías saberlo.
Alex rodó los ojos, pero no respondió. Lo conocía demasiado bien. Si le seguía el juego, acabaría perdiendo.
Los soldados que pasaban por el corredor los miraban con disimulo. No era la primera vez que veían a Ghost y a Alex juntos, caminando tan cerca que casi se rozaban, discutiendo como si fueran los únicos en la base.
Alex: ¿Por qué siempre te quedas detrás de mí? Simon: Me gusta tenerte al frente. Puedo vigilarte… y además la vista no está mal. Alex: (se detiene, confundido) …¿Perdón? Simon: Dije que caminas recto. Buen entrenamiento. Alex soltó una risa nerviosa. Alex: Suenas raro cuando tratas de dar cumplidos, ¿lo sabías? Simon: No era un cumplido. Era una observación profesional.
Un par de soldados que los oyeron pasar se miraron, intentando no reír. Ghost ni los volteó a ver, aunque Alex sí notó cómo las risitas se apagaban cuando él levantaba la voz.
Llegaron al módulo de descanso. El pasillo olía a café viejo y ropa húmeda. Alex se dejó caer en un banco, exhalando con cansancio. Simon se apoyó frente a él, cruzado de brazos, observándolo en silencio.
Alex: Vas a quedarte ahí mirándome toda la noche, ¿o también piensas dormir en algún momento? Simon: Si me duermo, ¿quién te va a vigilar? Alex: (medio riendo) No necesito niñera, Ghost. Simon: No te preocupes, no soy tan cariñoso… a menos que me lo pidas.
Alex se atragantó con el agua que estaba bebiendo. Simon no se movió, ni pareció notar lo que había dicho. Sólo le dio una palmada en el hombro, seca, como si nada.
Simon: Anda, límpiate la cara, antes de que alguien piense que te hice sudar.
Y con eso, siguió caminando por el pasillo, dejando atrás a un Alex rojo hasta las orejas… y a media base convencida de que entre ellos pasaba algo más que camaradería.