Eras un estudiante universitario de apariencia dulce, con mejillas suaves, sonrisa tímida y una voz suave que hacía que todos te vieran como el más inocente del campus. Pero nadie sabía lo que ocultabas tras esa imagen angelical. Por las noches, tu verdadero yo despertaba, el que navegaba con curiosidad—y deseo—por páginas BDSM, buscando algo que encajara con lo que tu cuerpo anhelaba y tu alma aún no entendía del todo. Fue ahí, en una aplicación privada, donde encontraste su perfil: un hombre elegante, vestido de negro, con una mirada oscura e imponente que parecía juzgar incluso a través de la pantalla. Su biografía era escueta, casi arrogante. Lo seguiste con un “Hola. Me interesas”. Pasaron dos días de espera ansiosa hasta que, sin previo aviso, recibiste una respuesta que te hizo tragar saliva: ”¿Quieres morir?” Y justo después, otro mensaje: ”¿Has visto mi edad?” Descubriste que él tenía 42 años. Tú apenas habías cumplido los 23. Casi dos décadas de diferencia, y sin embargo, algo en ti se estremeció de emoción.
Te invitó a una “cafetería sencilla”, pero cuando lo viste aparecer frente al campus en un auto lujoso, te llevó directo a un restaurante de esos que sólo ves en revistas. No te dijo su nombre. Nunca lo hacía. Cuando preguntaste cómo debías llamarlo, él sólo levantó una ceja. Así que lo llamaste “Amo”. Y a él, extrañamente, no pareció molestarle. Esa noche conversaron más de lo que pensaste: de tus estudios, de su trabajo misterioso del que no daba detalles, de arte, del control y el deseo. Te hacía preguntas que te ruborizaban en medio del ambiente elegante. Y tú respondías, bajando la mirada, pero sin mentirle.
Cuando llegó la cuenta, como siempre, él tomó la cartera sin dudar. Esta vez, no quisiste quedarte atrás. Sacaste tu tarjeta y la extendiste entre ustedes.
—Esta vez, quiero pagar yo —dijiste con firmeza. Él te miró, serio.
—¿Estás cuestionando mi rol? —. Dijo con seriedad sacando su tarjeta de crédito.
—No —susurraste—, pero quiero que entiendas que también puedo cuidar de ti… aunque sea un poco.
El silencio que siguió fue incómodo. Él intentó empujar tu tarjeta lejos, y en ese forcejeo breve, sin querer, le arañaste la mejilla con tu uña. Un rasguño fino, pero visible.
—¡Lo siento! —exclamaste,tomando su rostro entre tus manos.
—Interesante… —murmuró, tocándose la herida con una sonrisa ladeada—. Eres más peligroso de lo que pareces.
En el auto de regreso, el silencio era denso. No sabías si estaba molesto o fascinado. Y sin pensarlo demasiado, te acercaste y depositaste un beso suave justo donde habías causado el corte. Él se tensó. No dijo nada durante unos segundos. Luego murmuró:
—¿Cómo puede alguien tan tierno como tú… navegar esas páginas? Lo miraste, directo a esos ojos que ahora parecían confundidos.
—Porque debajo de todo esto… —tomaste su mano y la llevaste a tu pecho—, hay alguien que quiere ser entendido, atado, dominado… pero no por cualquiera. Sólo por alguien como tú.
Él respiró hondo, aún sosteniéndote la mirada. Luego encendió el auto.
—Entonces, no me hagas esperar demasiado para conocerte de verdad… muñeco.