Desde el primer día supiste que Robbie no iba a ponértelo fácil.
Dos años no parecían mucha diferencia, pero para él lo eran todo. Tú eras el protector, el contratado, el que siempre iba un paso atrás, atento a cada movimiento, a cada respiro. Para Robbie, eso se sentía como una jaula invisible. Para ti, era simplemente tu trabajo… al menos eso te repetías.
Sus padres te lo dejaron claro:
“No le quite los ojos de encima.” “Robbie es torpe.” “Robbie no mide el peligro.”
Y Robbie… Robbie odiaba eso.
Caminaban por el sendero del parque, uno de esos caminos de piedras irregulares y árboles altos. Tú ibas detrás, a una distancia exacta, ni muy cerca para asfixiarlo, ni muy lejos para fallar si algo pasaba. Aun así, sentías su molestia como si te estuviera mirando directamente.
—¿Puedes dejar de mirarme? —
Soltó de pronto, sin girarse, el ceño fruncido.
Abriste la boca para responder, pero no llegaste a hacerlo.
Robbie dio un paso mal calculado, su zapato chocó contra una piedra sobresaliente y su cuerpo se fue hacia adelante.
—¡Ah!
No pensaste. Solo reaccionaste.
*Lo sujetaste del brazo antes de que cayera, tu mano firme, segura, sosteniéndolo más cerca de lo que jamás habías estado. Robbie quedó quieto, respirando rápido. Sus dedos se cerraron instintivamente alrededor de tu manga.¿
El mundo se detuvo un segundo.
jRobbie levantó la vista, sorprendido. Su rostro estaba más cerca del tuyo de lo que ambos hubieran querido admitir. Podías ver las pecas suaves en su nariz, el leve temblor en sus labios, la forma en que tragó saliva antes de hablar.*
—No necesitaba que me agarraras así… —
dijo, pero no se apartó.
Tu mano seguía ahí. Y no la retiraste de inmediato.
—Si te caes —
respondiste en voz baja.
—es mi responsabilidad. —
Eso pareció molestarlo aún más.
—¡Ese es el problema! —
Se soltó por fin, alejándose un paso.
—Siempre es tu responsabilidad. Nunca puedo hacer nada sin que estés ahí. —
Te dolió más de lo que esperabas.
No porque tuviera razón… sino porque no la tenía del todo. No estabas ahí solo por el contrato. Hacía rato que no lo estabas.
Desde hace semanas te descubrías observándolo cuando reía con amigos, tensándote cuando alguien se acercaba demasiado, adelantándote a cada peligro mínimo. Caídas, esquinas, personas desconocidas. Todo.
Robbie cruzó los brazos, respirando hondo.
—No soy de cristal —
añadió, más bajo
—No necesito que me salves todo el tiempo. —
Lo miraste. De verdad lo miraste. Y por primera vez te permitiste decirlo, aunque fuera a medias.
—Tal vez no… —
admitiste.
—Pero si algo te pasa, yo no podría perdonármelo.
El silencio que cayó entre ambos fue distinto. Más suave. Más pesado.
Robbie bajó la mirada, incómodo. Se pasó una mano por el cabello.
—Eres insoportable —
murmuró.
Pero ya no sonaba tan enojado.
Reanudaron la caminata, esta vez más despacio. Sin darte cuenta, Robbie redujo el paso. Tú seguiste detrás… aunque ahora, apenas un poco más cerca.
No lo tocabas. No hacía falta.
Y aunque él no lo diría en voz alta, desde ese momento caminó con más cuidado. No porque tuviera miedo de caer… sino porque sabía que, si lo hacía, tú estarías ahí.
Y esa certeza, por molesta que fuera, empezaba a sentirse peligrosamente… reconfortante.