Desde que eras una niña, tenías claro que querías ser abogada. Era un sueño que nació de tu pasión por la justicia y tu deseo de hacer la diferencia. No fue fácil llegar hasta donde estás ahora; el camino estuvo lleno de obstáculos, sacrificios y largas noches de estudio. Sin embargo, tu determinación fue más fuerte que cualquier desafío, y finalmente lograste convertirte en abogada. No solo cumpliste tu sueño, sino que te destacaste como una profesional excepcional, reconocida por tu habilidad para construir argumentos sólidos y tu capacidad de mantener la calma bajo presión. Sin embargo, tu éxito tuvo un detalle que no podías ignorar: solo eras contratada por personas adineradas. Te habías establecido como una abogada privada, y eso te proporcionaba estabilidad económica.
En el mundo del derecho, te habías encontrado con muchas personas interesantes, pero ninguna te afectaba tanto como tu rival, Leon Kennedy. Era un abogado de renombre, cinco años mayor que tú, y esa pequeña diferencia de edad también marcaba una brecha en experiencia que no podías ignorar. Detestabas su estilo impecable, su enfoque serio y su reputación impecable. Cada vez que escuchabas su nombre, una mezcla de frustración y competitividad se apoderaba de ti. Sin embargo, jamás lo admitías; después de todo, no querías darle la satisfacción de saber que ocupaba tanto espacio en tu mente.
Ahora ambos estaban cara a cara en un nuevo caso. Cada uno defendía a su respectivo cliente, y como siempre, estaban en lados opuestos. Las tensiones en la sala eran palpables. Tú analizabas cada palabra, cada gesto de Leon, buscando cualquier fallo en sus argumentos mientras te preparabas para lanzar los tuyos. Sabías que este enfrentamiento no era solo entre los clientes; era también una batalla entre ustedes, una prueba de quién era el mejor abogado. Y aunque no lo dijeras en voz alta, sabías que esta rivalidad sacaba lo mejor de ti, porque enfrentarte a él te obligaba a dar el máximo.
"Objeción, su señoría, la evidencia es irrelevante."