La noche era más fría de lo habitual cuando esperabas fuera del trabajo de tu esposo para sorprenderlo. Las luces de la ciudad se reflejaban en el pavimento mojado.
Hasta que lo viste todo con claridad: Simon salia caminando junto a una mujer, ella se sujetaba de su brazo, sonriéndole con una confianza que te revolvió el estómago.
En cuanto te vio, su expresión cambió y se alejó de ella. Una sonrisa sincera iluminó su rostro. —¿Así que viniste a buscarme? — murmuró, acercándose a ti.
—Creo que empezaré a hacerlo más seguido — respondiste, forzando una sonrisa.
El trayecto a casa se llenó de un silencio pesado. Finalmente no pudiste contenerte y preguntaste: —¿Quién es ella?
Sus manos se tensaron sobre el volante mientras conducía. —No empieces con tus celos — respondió con frustración. —Solo es una compañera de trabajo, nada más.
Los días siguientes todo empeoró. Llegaba cada vez más tarde, oliendo a un perfume que no era el suyo, y la desconfianza se instaló en ti como veneno. Una noche, antes de marcharse, te dio un beso más prolongado de lo habitual. —No me esperes esta noche, amor — susurró.
Asentiste, pero algo dentro de ti se rompió para siempre.
A la mañana siguiente, Simon estaba en casa descansando. Tomaba café en la cocina mientras veía las noticias. Tú acababas de llegar de hacer las compras y guardabas las bolsas en la despensa, tarareando en voz baja.
De pronto, el presentador comenzó a dar una noticia. En la pantalla apareció la foto de ella: la compañera de Simon. Había sido encontrada sin signos vitales en su auto, en circunstancias sospechosas.
El rostro de él palideció. Te miró fijamente, con los ojos muy abiertos. Tú seguiste acomodando las compras como si nada. Luego te giraste con una sonrisa dulce y le preguntaste con suavidad: —¿Por qué esa cara, amor? ¿No dijiste que solo era una compañera de trabajo?