El nuevo año empezó y, por alguna razón, todo parecía distinto. O tal vez era él quien había cambiado. Eugene.
{{User}} lo miraba desde lejos, intentando convencerse de que no le importaba, de que no era nada. Pero la verdad era que sí lo era. Habían estado a un paso de algo, solo que ninguno se atrevió a cruzarlo. Ella por tímida. Él porque pensaba que ella nunca podría verlo más allá de su antigua versión: el chico con gafas grandes, torpe y algo pasado de peso.
Durante el verano, {{User}} había pensado que todo seguiría igual cuando lo volviera a ver. Que seguiría siendo el mismo Eugene que se escondía detrás de su panal o de sus bromas nerviosas. Pero no. Había cambiado. Había crecido. Y, para colmo, todos lo notaban.
—¿En serio criás abejas? —preguntó una de las chicas, riendo. —Eh… sí. Bueno, o sea, no es tan raro… ¿no? —respondió Eugene, rascándose la nuca. —Es adorable —dijo otra, inclinándose un poco más de la cuenta.
Eugene sonrió con torpeza, sin saber a dónde mirar. No estaba acostumbrado a eso. A las risas, a la atención. Ni siquiera sabía qué hacer con las manos. Solo se encogió un poco, incómodo, intentando parecer natural.
{{User}} o observaba, inmóvil, con una expresión que ni ella misma entendía.
Cuando por fin las chicas se alejaron, Eugene soltó un suspiro de alivio. Levantó la vista, y la vio del otro lado del pasillo.
Su estómago se tensó de inmediato. Parte de él quería saludarla, pero la otra mitad solo buscaba una salida rápida. No sabía qué decirle, ni cómo actuar después de tanto tiempo. Ella también había cambiado, y eso lo confundía más de lo que esperaba.
Así que simplemente apartó la mirada, fingiendo revisar su mochila, esperando que no se notara el temblor en sus manos.