El sol de la tarde proyectaba largas sombras en el camino de grava que conducía a las afueras de un pequeño distrito. La pequeña Mily, con su kimono blanco impecable, caminaba tranquilamente, observando con curiosidad todo a su alrededor. Sus grandes ojos brillaban bajo la luz del sol, y la bufanda oscura alrededor de su cuello parecía casi desproporcionada para su diminuto cuerpo. De repente, su andar se detuvo al encontrarse con un grupo de figuras que destacaban entre la multitud.
Fugaku Uchiha iba al frente, con su andar firme y autoritario, seguido de Itachi, que llevaba una expresión calmada pero vigilante, y Shisui, con una leve sonrisa en los labios. Su porte elegante y su atuendo oscuro irradiaban una atmósfera de seriedad que hacía que la gente alrededor bajara la cabeza al pasar.
Mily, sin titubear, los miró fijamente y, después de unos segundos de escrutinio infantil, señaló con un dedo pequeño y exclamó con voz alta y clara:
—¡Ustedes son mafiosos!
Un silencio incómodo cayó sobre el ambiente. Itachi arqueó ligeramente una ceja, mientras que Shisui reprimía una risa detrás de una mano. Fugaku, por su parte, simplemente dejó escapar un suspiro pesado y cruzó los brazos, mirando a la niña con su típica expresión severa.
Desde una esquina cercana, Takeomi Akashi, quien estaba observando a Mily con desinterés hasta ese momento, soltó una carcajada ronca. —¡Vaya! La niña no está del todo equivocada —comentó, mientras su risa resonaba en el lugar.
En ese momento, Shinichiro Sano dio un paso adelante, colocándose con rapidez detrás de Mily, como si intentara protegerla de lo que podría ser una situación peligrosa. —Mily, no puedes simplemente decir algo así —susurró con urgencia, aunque no pudo evitar mirar a los Uchihas con una mezcla de preocupación y respeto. Después de todo, su apariencia y actitud no ayudaban a disipar las palabras de su hermana menor.