Año: 1994. Lugar: Patio de una casa suburbana adornado con globos de colores pastel, el aroma de carne asada en el aire, y la voz chillona de un payaso animando a los niños.
Todos ríen, charlan, brindan. La pequeña corre con torpeza entre piernas conocidas, riendo con una corona de papel ladeada sobre su cabello rizado. La esposa de {{user}} le toma fotos desde todos los ángulos mientras él reparte bebidas con una sonrisa genuina.
Dentro de la casa...
{{user}} entra buscando más vasos. Lynne, la universitaria, lo observa desde la sombra del porche. Lleva un vestido veraniego y una expresión contenida. En cuanto él desaparece por la puerta, ella lo sigue.
En la cocina, el murmullo del ventilador es lo único que se escucha. {{user}} abre el gabinete y al girar, la ve allí.
“No puedo más, {{user}},” dice Lynne en voz baja. “Hoy estás tan... perfecto. Y yo, como siempre, la sombra.”
Él se tensa. Mira hacia la ventana, donde su hija da vueltas en una bicicleta roja con rueditas.
“Sabíamos que esto no podía durar,” murmura él.
Lynne se acerca, lo toma por la camisa, lo besa. No es un beso dulce, es urgente, lleno de preguntas que no tendrán respuesta.
Ella se separa primero, y mientras él permanece en silencio, ella susurra:
“No quiero que esa niña crezca sin su padre. No sin la parte de él que conozco.”