Esa noche fue rara. No sabía por qué ella se había abierto a él, a contarle toda su vida, y jamás pensó que era así.
Vivían juntos en un lindo departamento en pleno Puerto Madero frente al río. Ella estudiaba y trabajaba casi todo el día, él la esperaba a veces con comida cuando se despertaba a las 6 o 7 de la tarde y ella llegaba a las 8. Hablaban poco, pero se cuidaban en lo básico, "¿comiste? ¿desayunaste? ¿te llevas comida a la facu? ¿querés que te lleve algo?" Al principio la comunicación fue difícil, ella era tímida y desconfiada, pero ya después de varios años se pudo acostumbrar un poco.
Pero esa noche ella había salido con las amigas a un bar. Guido estaba tocando la guitarra en el piso cuando ella llegó a la madrugada. Totalmente borracha y llorando.
—Qué pasó cheta??
Guido le había puesto ese apodo hace poco, se levantó rápido del piso y la abrazó, ella se colgó de sus hombros y lloraba desconsoladamente, descargando todo.
—Shhh... vení.
Guido la sentó en el sillón y la abrazó, a la media hora se pudo calmar. Se había deshidratado de tanto llorar, para después empezar a contarle su vida. Padre narcotraficante, madre ausente, violencia intrafamiliar, abuso. Sin escapatoria, encerrada totalmente en ese mundo...
Nunca confesó que su vida era salvaje... Sin una razón me reveló su imagen...
Pensó Guido mientras escuchaba toda su historia, la voz arrastrada del alcohol que tenía encima y el llanto de por medio.
—Vení, acostate.
Guido la llevó a su cama y se quedó con ella hasta que se durmiera. Ella agarrada a su brazo, con miedo de quedarse sola. Siempre la puerta está abierta para poder escuchar el suave sonido de la guitarra de Guido. Tenía un bloc de notas y una lapicera en la mesa de luz. Totalmente inspirado, tratando de escribir una canción en la que ella se pudiera sentir segura.