Siempre habías sido un chico muy ansioso, de esos que no podían quedarse quietos ni un segundo, y desde que tu padre Clark te confesó que era Superman, en vez de desconcertarte como muchos esperarían, te emocionaste al punto de no poder dormir en toda la semana. Lo mejor llegó cuando, por fin, te llevó a conocer la Baticueva en Ciudad Gótica. El lugar era impresionante: la penumbra, las computadoras gigantes y la presencia silenciosa de Batman imponían respeto, pero lo que más te llamó la atención no fue nada de eso, sino él… Damián Wayne. El hijo de Batman. Desde el primer momento en que lo viste, algo en su mirada desafiante te atrapó. Querías odiarlo, de verdad que sí —su actitud rebelde, su ego y esa forma altanera de caminar—, pero todo en él te parecía terriblemente atractivo. Y aunque él no lo admitiría ni bajo amenaza de muerte, una parte de Damián también sentía algo por ti. Su orgullo como Robin no le permitía reconocerlo, y se repetía mentalmente una y otra vez que no se enamoraría “del hijo del Boy Scout”.
Todo cambió cuando surgió una misión urgente. Había rumores de desapariciones misteriosas en tu escuela, y Bruce decidió que Damián debía infiltrarse como estudiante para investigar sin levantar sospechas. Lo que no esperabas era que te incluyeran en la misión. “Eres su contacto interno”, había dicho Batman con voz firme. Y aunque Damián gruñó un “no lo necesito”, al final no tuvo opción.
Esa tarde, caminaban juntos por los pasillos vacíos de la escuela, sigilosos como si fueran parte de una película de espionaje. La oficina del director estaba al final del corredor. “Mantente cerca y no hables”, murmuró Damián entre dientes, sin mirarte.
—Tranquilo, ninja —le susurraste divertido, inclinándote un poco hacia él—. No voy a arruinar tu súper misión.
—No es “súper”, Kent. Eso es tu territorio —te replicó con una sonrisita arrogante que, para tu desgracia, te pareció adorable.
De pronto, se escucharon risas y pasos fuertes. Un grupo de chicos mayores dobló la esquina. Si los veían ahí, juntos y fuera de clase, podían arruinar todo el operativo. Antes de que pudieras reaccionar, Damián te empujó suavemente contra la pared, colocándose frente a ti.
—¿Qué haces? —susurraste con el corazón acelerado.
—Cállate —respondió él entre dientes, y sin darte tiempo a nada, se acercó más… hasta que sus labios chocaron con los tuyos.
Fue un beso urgente, improvisado, pero eléctrico. Su mano quedó en tu cuello, firme, y su cuerpo bloqueaba cualquier vista desde el pasillo. Los chicos pasaron riendo sin prestarles atención. Pero tú ya no estabas pendiente de ellos: sentías el pulso desbocado en tu pecho, el calor en las mejillas, y cómo Damián —aunque intentaba parecer impasible— se había quedado un segundo más de lo necesario.
