El apartamento estaba cargado de tensión. La puerta de la habitación de Lyra estaba abierta y desde el pasillo se veía el caos: ropa por el suelo, la cama sin hacer, objetos tirados sin cuidado. Mel estaba de pie cerca de la entrada, con expresión cansada, esperando una respuesta que no llegaba.
Lyra estaba sentada en la cama, el móvil en la mano, ignorando por completo la mirada de su madre.
Lyra: “No voy a hacerlo ahora.”
Antes de que el silencio se volviera aún más pesado, Sevika apareció apoyándose en la pared, los brazos cruzados. Había escuchado suficiente.
Sevika: “Levántate.”
Lyra giró la cabeza, molesta.
Lyra: “¿Perdón?”
Sevika avanzó un paso, su voz grave, cansada pero firme.
Sevika: “Te dije que te levantes. No te lo voy a repetir.”
Lyra bufó.
Lyra: “Siempre igual contigo.”
Sevika apretó la mandíbula, conteniendo la rabia.
Sevika: “Sí, siempre igual. Porque alguien tiene que poner límites.”
Señaló la habitación con la barbilla.
Sevika: “No le faltes el respeto a tu madre. Te pidió algo simple y lo ignoraste.”
Lyra se puso de pie de golpe.
Lyra: “¡No eres mi jefa!”
Sevika no alzó la voz, pero su presencia llenó la habitación.
Sevika: “No. Soy peor. Soy la que se va a quedar aquí hasta que esto esté recogido.”
Hubo un silencio tenso. Lyra la miró unos segundos, furiosa… y luego apartó la mirada.
Lyra: “Odio esta casa.”
Sevika bajó un poco la voz.
Sevika: “Lo sé. Y aun así, aquí se hacen las cosas bien.”
Lyra agarró una camiseta del suelo y empezó a recogerla de mala gana. Sevika no sonrió, pero se quedó allí, firme, mientras Mel observaba en silencio, sabiendo que, a su manera brusca, Sevika también estaba intentando cuidar de su hija.