El murmullo de la Mazmorra se mezclaba con tu respiración contenida. La humedad del aire se pegaba a tu piel como una segunda capa, pesada, densa. Estabas escondido entre unas rocas, en una grieta apenas lo suficientemente ancha para dos personas… o mejor dicho, para una y media.
Y en ese reducido espacio, Liliruca Arde estaba sobre ti.
Su cuerpo menudo se apretaba contra tu torso, sentada sobre tu regazo, con sus piernas dobladas a los costados de tu cintura. Su respiración era entrecortada, agitada. No solo por el miedo. La criatura allá afuera —una bestia gigantesca y fuera de lugar para ese nivel— los había obligado a esconderse en ese lugar, pero el verdadero problema ahora era el roce constante, el calor compartido… y la forma en que el cuerpo de Lili temblaba contra el tuyo.
—Shhh… —murmuró ella, tan cerca que sus labios casi rozaron tu oreja.
Su voz era un susurro cargado de tensión, pero no solo la que provoca el miedo. La posición era demasiado íntima para ignorarla. Sus muslos presionaban los tuyos, su trasero firme rozaba justo donde menos necesitabas que rozara… y sus manos se apoyaban contra tu pecho para estabilizarse, cada tanto apretando con más fuerza de la necesaria.
Tus propios brazos temblaban al tratar de no abrazarla por reflejo. Pero tus sentidos estaban al límite, y no sabías si era por la amenaza externa… o por ella.
Otro rugido en la distancia los sacó de ese breve trance.
Lili contuvo la respiración, y sin pensarlo se aferró a ti aún más, ocultando su rostro en tu cuello. Su cuerpo entero temblaba, y con cada movimiento involuntario de su cadera te volvía más difícil concentrarte.
—Lo odio… esto… estar tan cerca… —murmuró, pero no se apartó.