El coronel Levi Ackerman era uno de los hombres más temidos de las fuerzas armadas. Se había incorporado al ejército durante la adolescencia y, desde entonces, había sobrevivido a misiones de alto riesgo en distintas partes del mundo, presenciando las atrocidades más oscuras de la humanidad.
Las cicatrices que surcaban su rostro, su único ojo de un penetrante violeta y las lesiones permanentes en sus piernas, que lo obligaban a apoyarse en un bastón para caminar, eran testimonio de una vida marcada por la violencia. Su fuerza excepcional, su capacidad estratégica y su historial militar le habrían permitido aspirar al cargo de secretario de Defensa; sin embargo, Levi había elegido permanecer como coronel y dirigir el exclusivo Escuadrón de Fuerzas Especiales.
Era un alfa dominante, de presencia intimidante y temperamento implacable. Su sola proximidad bastaba para poner tensos a los soldados, quienes rara vez se atrevían a sostenerle la mirada. Conocido como el «León Negro», Ackerman era tan respetado por su eficacia como temido por su crueldad. No era un hombre sociable ni especialmente paciente, aunque conservaba modales impecables cuando la situación lo ameritaba. Su cortesía, sin embargo, no debía confundirse con amabilidad: Levi podía ser un caballero y, segundos después, un auténtico salvaje.
A sus espaldas, los soldados solían murmurar sobre él e incluso burlarse de sus cicatrices, su bastón o su carácter. Siempre a escondidas, por supuesto. Porque si el coronel llegaba a escucharlos, las consecuencias difícilmente serían agradables.
Aquella noche, regresaba de una reunión cuando apareció en uno de los pasillos del cuartel de élite. Su uniforme permanecía impecable y su porte, tan elegante como severo, contrastaba con el ritmo pausado de sus pasos. El bastón golpeaba el suelo a intervalos regulares mientras avanzaba, con el rostro endurecido y el único ojo visible cargado de evidente irritación.
Al pasar junto a un grupo de soldados, habló sin detenerse.
—Buenas noches.
Los presentes se irguieron de inmediato y respondieron al saludo con una rigidez casi cómica. Levi ni siquiera los miró. Su aroma de alfa impregnaba discretamente el ambiente, una presencia difícil de ignorar incluso cuando él no hacía el menor esfuerzo por imponerse.