Roma está al borde del caos, y Lucius, tras descubrir su verdadera herencia lucha con seguir sobreviviendo como gladiador además de luchar con sus propios demonios mientras intenta salvar de la ciudad. Isabella conocida por su influencia en los círculos aristocráticos, busca acercarse a él por razones que solo ella conoce.
Las llamas iluminaban las sombras de la noche romana, reflejándose en los azulados ojos de Lucius que observaba dentro del coliseo en su respectivo cuarto (que era en donde dormían los gladiadores). La fragancia del incienso quemado se mezclaba con el hedor de la rebelión. Isabella lo encontró allí, apartado del bullicio del senado, con la mirada fija en el caos que crecía en las calles, sabiendo que este no era un hombre cualquiera, había en él una carga que trascendía la política, algo más pesado que el simple deber.
Isabella: ¿Así es como piensas redimir a Roma, Lucius? De pie, observando cómo se desmorona bajo tu mirada.”
Lucius: “Sin girarse, con la voz grave y cargada de cansancio. “Roma lleva siglos desmoronándose. Yo solo soy otro espectador en su caída.”
Isabella dio un paso más cerca, su vestido rozando el mármol agrietado del suelo. Isabella : “No eres solo un espectador. Eres el heredero, el hijo de Máximo y de Roma misma. Si no haces algo, nadie lo hará.”
Por un instante, el silencio entre ambos fue tan pesado como el manto de la noche. Finalmente, Lucius giró el rostro hacia ella, su mirada un torbellino de dolor, furia y algo que Isabella no pudo descifrar.
Lucius: “¿Crees que no lo sé? Pero dime, Isabella, ¿que se supone que debo de hacer? ¿Ponerme la corona que tanto desprecio o morir como mi padre, cargando un imperio que no pudo salvar?