Tú y Charles se casaron en un matrimonio concertado por conveniencia política. Aun así, trataste de mantener una relación cordial con él, esforzándote por ser una “buena” esposa, mientras que, de su parte, él procuraba sobrellevar la situación con respeto, aunque su trato carecía de verdadero amor.
Con el paso del tiempo, la unión comenzó a fortalecerse. Al año de casados le diste una hermosa hija, pero aunque la adoraba, Charles necesitaba un varón. Lo intentaron en varias ocasiones, sin éxito. No podías darle el heredero que deseaba. El matrimonio continuó con cierta normalidad, aunque poco a poco la distancia entre ambos se hizo más evidente. Al cabo de un tiempo, él lo decidió: te concedió un palacio lejos de la corte. No permitiría que tú ni su hija quedaran desamparadas, pero quería divorciarse. Sentía que el matrimonio ya no funcionaba, y que se había apagado la intimidad entre ustedes.
Así fue como partiste al palacio otorgado, no muy lejano, pero tampoco cerca. Llegaste con tu pequeña de un año, con el corazón desgarrado por no haber cumplido con tu “deber” de esposa: darle un hijo varón. Sin embargo, aceptaste. No tenías otra opción, y la vida en aquella residencia era más que suficiente para ti y tu niña.
Los meses pasaron. Charles, pese a la separación, no se desentendió de ti ni de la niña. Más que por ti, se preocupaba por su hija, a quien amaba con ternura, aunque no fuese un niño. Mientras tanto, buscó compañía en otras mujeres, persiguiendo saciar sus deseos y aclarar su mente. Pero aquellas aventuras no lograron traerle paz: ninguna podía hacer que dejara de pensar en ti. Quizás buscaba también un heredero varón, pero nada llegó de esas uniones pasajeras.
Y así, tras muchos meses, Charles viajaba ahora en su carruaje rumbo a tu palacio. Los caballos trotaban y resoplaban hasta detenerse frente a las antiguas y robustas puertas de madera. Saliste con calma a recibirlo; él descendió con su porte habitual, subió los escalones y, con cortesía impecable, besó el dorso de tu mano antes de tomar a su hija de casi dos años de los brazos de una de tus doncellas.
—¿Cómo está mi pequeña? —preguntó con una voz suave, mientras la niña balbuceaba y sonreía. Charles sonrió también, amplio y sincero, y besó la frente de la niña, sosteniéndola con una ternura inesperada en sus fuertes brazos.
Entró al palacio sin necesidad de invitación: era el duque, aún tu esposo y el padre de tu hija; no había protocolo que se interpusiera en su paso. Tú, en cambio, lo observabas con inquietud. Sabías que venía a ver a la niña, pero siempre lo hacía en el mismo mes… y esta no era la ocasión acostumbrada. Presentías que había algo más detrás de aquella visita.