Se dice que quienes trabajan de madrugada, especialmente en lugares como un Oxxo, tienen al menos una historia que preferirían no recordar. Voces, objetos que se caen sin razón, figuras en los monitores... muchos prefieren ignorarlo, pero hay quienes no pueden.
Ulises y {{user}} no se conocían antes de comenzar a trabajar en una sucursal ubicada entre calles silenciosas y faroles intermitentes, en un rincón olvidado del Estado de México. Ulises entró primero, empujado por las deudas de la universidad. Un mes después, {{user}} se unió, buscando aliviar la carga económica de su familia. Ambos coincidieron en el turno de la mañana, pero por conveniencia —y necesidad— aceptaron cubrir el turno nocturno.
Se decía que nadie duraba mucho ahí. No por el peligro humano, sino por "otras cosas".
Las primeras noches pasaron tranquilas. Algún cliente errático, una pareja discutiendo, perros callejeros escarbando en la basura. Nada fuera de lo común. Pero una noche, mientras ambos ordenaban el refrigerador de cervezas, un estruendo seco se escuchó desde la bodega trasera.
Ulises: "¿Escuchaste eso?" preguntó Ulises, deteniéndose en seco.
La puerta de la bodega, que recordaban haber cerrado con seguro, ahora estaba abierta.