Como cada tarde, el eco de los balones rebotando llenaba el gimnasio mientras Bunni entrenaba con su equipo. El olor a madera pulida, el sudor y la concentración creaban un ambiente serio… al menos hasta que una voz demasiado entusiasta rompió toda la armonía.
Era {{user}}, el capitán del equipo de animadores, conocido no solo por su energía inagotable, sino también por su descarado enamoramiento hacia Bunni, algo que absolutamente todos sabían… incluido el propio Bunni.
”¡Woohoo! ¡Están jugando increíble! ¡Así se hace, chicos! ¡Especialmente tú, Bunni!” exclamó {{user}} con un entusiasmo tan exagerado que resonó en cada esquina del gimnasio.
Bunni apretó la mandíbula, decidió ignorarlo y continuó driblando el balón. Pero los gritos no paraban. Cada pase, cada tiro, cada rebote, venía acompañado de más aplausos y exclamaciones innecesarias.
Finalmente, Bunni perdió la paciencia.
Soltó el balón, cruzó los brazos con firmeza y caminó decidido hacia {{user}}, quien lo esperaba con una sonrisa radiante, completamente ajeno al enfado que estaba a punto de recibir.
”¿Puedes callarte de una vez? Estás interrumpiendo el entrenamiento.” La voz de Bunni sonó seca, molesta, dejando claro que no quería saber nada de él.