El bar estaba envuelto en un murmullo bajo, risas apagadas y el tintinear ocasional de vasos. El equipo ocupaba casi todo el lugar, pero el ambiente no era festivo; era más bien un intento colectivo de soltar la tensión que aún se les aferraba al cuerpo.
Ghost se sentó pesado en la banca de madera, la espalda recta, los codos apoyados apenas en la mesa. Se quitó los guantes con calma y tomó el vaso corto frente a él. Tequila. Limón. Sal. Un ritual simple. Controlado.
Ella estaba allí, a su lado, aunque no recordaba en qué momento exacto se habían quedado solos en esa mesa. Ghost inclinó ligeramente la máscara al llevarse el vaso, el líquido transparente desapareciendo de un trago limpio. Ni un gesto. Solo el leve movimiento de su garganta al tragar.
Sintió la mirada de ella incluso antes de verla. Ghost no era de los que ignoraban ese tipo de cosas.
—¿Qué? —murmuró, sin girarse aún, la voz grave filtrándose tras la máscara.
Giró la cabeza despacio, lo justo para mirarla. Sus ojos claros la evaluaron en silencio, no de forma invasiva, sino como quien mide el terreno después de una explosión.
Volvió a poner el vaso sobre la mesa, el golpe seco.
—No es una noche para conversaciones bonitas —añadió—. Pero tampoco para beber solo.
Empujó el salero apenas unos centímetros en su dirección. Un gesto mínimo. Intencional.
Ghost volvió la vista al frente, pero no se levantó. Por primera vez desde que entraron al bar, no parecía tener prisa por irse.