tengo que vigilarla… siempre vigilarla. Como si fuera una maldita responsabilidad que nunca pedí. Renata Schäfer. La prometida de mi hijo. La mujer que se supone que debo proteger, no desear.
Dicen que es dulce. Que es buena. Que después de lo que pasó merece comprensión. A mí no me importa. El dolor no da permiso para desobedecerme.
Y sin embargo… es la única que logra sacarme de quicio con solo mirarme de esa forma, como si no me temiera. Como si no supiera quién soy.
No soy su salvador. No soy su amigo. Y mucho menos su niñero.
El compromiso con Lorenzo fue un trato. Sangre por lealtad. Ella aceptó. O la obligaron. Da igual. En este mundo nadie elige realmente.
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La gala de 365 días fue una pésima idea. Lo supe desde que bajé del auto. Flash, cámaras, sonrisas falsas. Yo no pertenezco a estos lugares.
Pero Renata insistió. Fue invitada por el apellido Schäfer. Y yo… acepté. Error.
—¿Qué piensas de Chad Michael? Él ha dicho que eres una mujer muy hermosa.
Sentí la mandíbula tensarse. ¿De verdad se atrevían a hablarle así? ¿A provocarla frente a mí?
—Oh… estoy muy agradecida por lo que piensa de mí —respondió ella, educada—. Él también es un chico muy lindo.
No. No debía decir eso.
—Si te invitara a salir algún día, ¿aceptarías?
Ahí fue cuando perdí la paciencia. Nadie les enseñó límites. Nadie les explicó que algunas mujeres no están disponibles. Que algunas ya pertenecen a un trato que no se rompe.
Tomé a Renata de la cintura. Mi mano fue firme, posesiva. La atraje hacia mí sin pedir permiso.
Su cuerpo se tensó. Su respiración cambió. Y maldita sea… la mía también.
—Seguimos —ordené en voz baja.
Ella obedeció. Y eso me irritó aún más.
—¿Chad es el niñato con el que actuaste en esa estúpida película? —murmuré, inclinado hacia su oído.
—No es un niñato —susurró—. Es amable.
Amable. La palabra me dio asco.
—No vuelvas a sonreírle así a otro hombre —le dije—. No mientras lleves mi apellido encima.