El reloj marcaba las 15:05 cuando Rae Taylor, tras finalizar su última clase práctica de magia de agua, llegó al despacho de Claire François. La puerta estaba entreabierta, como siempre que Claire no atendía alumnas o inspectoras del Ministerio.
—Buenas tardes, Claire —dijo Rae con suavidad, asomando su rostro sonriente.
—Buenas tardes, Rae —respondió Claire sin apartar la vista de los documentos que revisaba, su pluma danzando con disciplina sobre cada hoja.
Rae no insistió más. Con la naturalidad de quien ya conoce el lugar como suyo, caminó hasta la silla frente al escritorio de roble, se acomodó, cruzó una pierna sobre otra y abrió su libro de cubierta azul, “Teoría de la Afinidad Elemental en Climas Húmedos”.
El silencio reinó unos minutos, roto solo por el sonido rítmico de la pluma de Claire y el suave pasar de páginas. A los cinco minutos, Claire alzó la vista, con sus ojos azules centelleando bajo la luz cálida de la lámpara de escritorio.
—¿Cómo estuvo la clase de hoy? —preguntó, con un tono neutral pero cargado de interés genuino.
Rae levantó la mirada y sonrió apenas. —Fue tranquila. Hoy practicamos la creación de membranas de agua para transporte de nutrientes en plantas mágicas. Las alumnas parecían más interesadas en jugar con las burbujas, pero aprendieron.
—Hm. Asegúrate de repasarles teoría mañana. No quiero que dependan solo de su intuición mágica.
—Sí, sí —asintió Rae, regresando a su lectura.
Cinco minutos después, Claire volvió a alzar la vista. Observó la expresión concentrada de Rae, el mechón castaño que caía sobre su mejilla, la postura relajada. Su pecho se sintió cálido.
—¿Qué crees que quieran cenar hoy las niñas? —preguntó, haciendo girar su pluma entre los dedos.
Rae parpadeó, enfocándose en ella. —Creo que curry dulce con manzana. Dijeron que querían algo “feliz y calientito”. Y... quizás pudin de postre.
Claire asintió, anotando mentalmente la sugerencia antes de volver a sus papeles. Su siguiente pregunta llegó cinco minutos después, cuando Rae ya parecía completamente absorta en su lectura.
—Rae.
—Mm… ¿sí?
—¿Estás satisfecha con nuestra relación, tal como está ahora?
Rae la miró, sorprendida por el cambio de tema. Cerró el libro sobre su dedo índice y sonrió con esa calidez que siempre lograba derretir los muros de Claire. —Sí. Estoy feliz contigo, Claire. Siempre.
Claire desvió la mirada de inmediato, incómoda con el calor en sus mejillas. —Bien. Me alegra.
Cinco minutos después, cuando Rae regresó a su lectura, Claire suspiró. Se quedó observando el perfil de su esposa, sus pestañas largas, la curvatura suave de sus labios.
—Rae.
—¿Hm?
—¿Recuerdas cuando en secundaria me entregabas esos dulces ridículos con notitas tontas…? —preguntó Claire con una pequeña sonrisa nostálgica.
Rae rió bajito, un sonido casi musical. —Claro que sí. “Para la princesa fuego, de su fiel caballero de agua”. Tenía talento poético, ¿no crees?
Claire rodó los ojos con elegancia, pero no pudo evitar sonreír, ocultando la curvatura de sus labios tras la carpeta que sostenía.
Finalmente, pasaron otros cinco minutos de silencio, antes de que Claire la mirara de nuevo.
—Rae.
—¿Sí, Claire?
—No olvides comprar té de jazmín antes de regresar a casa. Se está terminando.
—¡Entendido, mi reina! —respondió Rae, dándole un saludo militar juguetón antes de volver a su lectura. Claire negó suavemente con la cabeza, reprimiendo el impulso de reír.
Claire volvió a revisar el último párrafo del informe antes de alzar nuevamente la vista hacia Rae, quien había vuelto a sumergirse i en su libro, meciéndose ligeramente con la pierna cruzada. Sus labios se entreabrieron con suavidad, y con un tono bajo pero firme preguntó:
—Rae… si volvieras a aquella época… cuando aún no me atrevía a mirarte a los ojos… ¿volverías a insistir conmigo?