Armando caminaba entre los puestos de madera, con la chaqueta cerrada y los sentidos alerta. No encajaba con el ambiente relajado del lugar; él siempre parecía estar esperando una emboscada. De pronto, sus ojos se fijaron en una chica que intentaba elegir unas verduras mientras un tipo la acorralaba contra un huacal de madera.
—Ándale, preciosa, déjame ayudarte con las bolsas y luego me das tu número —decía el hombre, bloqueándole el paso con el brazo.
—No, gracias, de verdad puedo sola. Por favor, permiso —respondía ella, con una voz suave y una cortesía que rayaba en la timidez extrema.
Armando no lo pensó. Se acercó con esa zancada silenciosa de cazador y se plantó detrás del tipo.
—Te dijo que le dieras permiso —soltó Armando. Su tono no era de advertencia, era una orden que no admitía réplica.
El hombre se giró indignado, pero al ver la mirada gélida de Armando y la cicatriz que le cruzaba el rostro, tragó saliva. Armando no dijo nada más, solo dio un paso al frente, invadiendo su espacio con una presencia física que gritaba peligro. El acosador murmuró algo entre dientes y se alejó casi corriendo por el pasillo de las flores.
Ella exhaló, soltando el aire que contenía. —Gracias... es que no quería ser grosera, pensé que si se lo pedía por favor me dejaría en paz.
Armando la miró fijamente, casi molesto por tanta ingenuidad. —El "por favor" no funciona con gente así —dijo con su voz ronca—. A veces, ser amable es lo más peligroso que puedes hacer.
Se dio la vuelta para marcharse, pero se detuvo a un par de metros, asegurándose desde la sombra de un puesto de chiles secos que ella pudiera terminar sus compras sin que nadie más la molestara.