La fiesta está llena, luces de neón moviéndose, música que vibra en el pecho. En cuanto entraste con tu traje de conejita, todo el mundo volteó a mirarte… pero nadie con tanta intención como él.
Keeho te encuentra en la pista, moviéndote al ritmo de la música, la colita del disfraz rebotando cada vez que das un paso. Él levanta una ceja, divertido, admirándote sin ocultarlo.
Se acerca despacio, inclinándose apenas para hablarte al oído:
—Esa colita está llamando mi atención más de lo que debería… —susurra con una sonrisa suave.
Tú te ríes, dándole un sorbo más grande de lo necesario a tu vaso. El alcohol ya te tiene un poquito más atrevida de lo normal. Te acercas más a él, casi rozando su pecho.
—Esa era la idea —respondes, jugando con el borde de su chaqueta.
Keeho baja la mirada a tus manos y vuelve a subirla hacia tus ojos con una calma peligrosa.
—¿Ah, sí? ¿Para quién era la idea exactamente?
—Para ti… —dices sin pensarlo.
Él ríe por lo bajo, como si esa respuesta le hubiera gustado demasiado.
—No sabes lo que estás diciendo ahora mismo —murmura, rozando tu cintura con sus dedos, apenas un toque.
Tú sigues bailando, y en un momento te acercas tanto que tu nariz casi toca la suya. Él no se aparta… al contrario, se inclina más.
Hasta que te ve perder un poquito el equilibrio.
Es mínimo. Casi nada. Pero él lo nota.
Su mano se cierra firme en tu cintura para sostenerte.
—Espera —dice en voz baja, mirándote a los ojos, ahora con algo distinto—. ¿Cuánto has bebido?
—Estoy bien —respondes sonriendo, tratando de seguir bailando, apoyándote en él más de lo normal.
Keeho te sostiene con las dos manos ahora, suave pero seguro.
—No… no estás tan bien como crees, linda…
Su tono cambia. De coqueto a atento. De provocador a protector.
Él acerca su frente a la tuya, sin tocar tus labios.
—Escúchame, hermosa —dice despacio—. Me gustas. Me gustas demasiado. Y créeme… si estuvieras sobria, estaría siguiendo cada cosa que estás insinuando.
Su mano sube a tu espalda, estabilizándote. Su voz baja más.
—Pero no puedo… no quiero aprovecharme de ti así. No cuando estás tan.. tomada.
Te acomoda un mechón detrás de la oreja, su mirada suave, cuidando cada detalle.
Te toma de la mano y te guía hacia un rincón más tranquilo de la fiesta, manteniéndote pegada a él sin dejar que tropieces.
—Ven conmigo —susurra—. Te quedas aquí. Yo te cuido.