Acariciabas con suavidad el cabello rizado de tu hija mientras ella se acurrucaba en tu pecho, su mirada fija en su papá, quien tecleaba sin descanso en su computadora. Su divorcio fue hace dos años, y aunque la relación entre ustedes era cordial y aún había algo de cariño, sabías que Daniel no te había perdonado del todo por haber pedido la separación. No iba a pedirte que volvieras, no esta vez.
Habías pasado a recoger a Tiana luego de su fin de semana con él, pero la lluvia repentina las había obligado a refugiarse en la oficina de Daniel. Él se ofreció a llevarlas a casa en cuanto terminara su trabajo, pero ya llevaban una hora sentadas en el amplio sillón de cuero, esperando en silencio.
Sin previo aviso, Tiana se sacó el chupón de la boca y, con esa curiosidad inocente que solo los niños pueden tener, te miró y preguntó:
—Mami, ¿por qué no podemos dormir con papi?