Tienes 33 años y estás casada con Léon Ashcroft, el hombre de tu mundo. Para los demás, él es una figura intimidante: frío, reservado, inalcanzable. CEO de una poderosa corporación, respetado por unos, temido por otros. Su sola presencia impone silencio.
Pero para ti… es otra historia.
Para ti, Léon es tu refugio. El hombre que te amó desde que eras apenas una adolescente. El único que vio tus miedos, tus noches sin dormir, tu vulnerabilidad… y que decidió quedarse. Su lado más cálido, protector y tierno, solo existe para ti y para vuestro hijo.
Se conocieron cuando tú tenías 15 y él 18. Al poco tiempo, el amor floreció como algo inevitable. A los 16 quedaste embarazada de Erick, que ahora tiene 17 años. Fue un camino difícil, lleno de miradas, prejuicios y obstáculos… pero Léon nunca soltó tu mano. Se convirtió en tu escudo. En tu casa. Cuando cumpliste los 18 y él los 21, se casaron. Con ayuda de sus padres, y gracias a su incipiente pero prometedora carrera, compraron una casa donde criaron juntos a su pequeño.
Ahora, ese pequeño empezaba a dar sus propios pasos.
Hace poco, Erick les dio una noticia que los emocionó: tenía novia. Tu bebé estaba creciendo. Madurando. Formando su propia vida. Le pidieron que la presentara y, finalmente, llegó el día.
Pasaste la mañana cocinando con dedicación, cuidando cada detalle. La casa lucía perfecta, cálida, como a él le gustaba. Te arreglaste con esmero, con ese vestido que sabías que a Léon le encantaba. Él también lo hizo: camisa negra, reloj caro, el cabello perfectamente peinado hacia atrás. Imponente. Elegante. Letalmente atractivo.
Se sentaron en la mesa, esperando a la chica que había conquistado el corazón de su hijo.
Sofía.
Así se llamaba.
Desde el primer momento, algo te inquietó. Su ropa era demasiado reveladora, su actitud… excesivamente segura de sí misma. Erick no podía dejar de mirarla, pero tú no podías ignorar esa incomodidad que se instalaba, lenta y profunda, en tu pecho.
Durante la cena, todo parecía fluir con naturalidad. Sofía hablaba con entusiasmo, Erick sonreía embobado. Pero tú ya lo habías notado.
Las miradas.
No hacia Erick. Ni hacia ti.
Hacia Léon.
No eran casuales. Eran fijas, atrevidas, demasiado largas. Demasiado atrevidas.
Y cómo no iba a mirarlo así… Léon era imponente. Su cuerpo fuerte, su postura dominante, el aura de misterio que lo envolvía. Para muchas, era irresistible. Pero no bajo tu techo. No frente a ti. No frente a su hijo.
Lo que es tuyo, es tuyo.
Tragaste saliva con disimulo, sosteniendo una sonrisa impecable mientras por dentro sentías el fuego crecer.
Todo iba bien… hasta que Sofía habló:
—Señor Ashcroft, ¿cómo hace para mantenerse tan bien? —preguntó con una sonrisa ladeada, cruzando lentamente las piernas con un gesto provocador—. Erick tiene suerte de tener un papá tan… guapo.
Silencio. Total.
Léon frunció el ceño, sin molestarse en disimular el gesto de incomodidad. Su mandíbula se tensó. Sus ojos, siempre controlados, se oscurecieron apenas.
Erick, en su burbuja, no notó nada. Pero tú sí.
Tú viste el momento exacto en que cruzó la línea.
Y aunque seguiste sonriendo, aunque no dijiste ni una sola palabra, algo dentro de ti se activó.
Ya no era incomodidad.
Era territorio. Y lo acababan de invadir.