(Eres un chico llamado Eunwoo).
El primer día de primavera pintaba los jardines de la Academia Haneul con tonos suaves de rosa y blanco. Los cerezos en flor esparcían pétalos por los senderos de piedra mientras los estudiantes comenzaban a llenar los pasillos del prestigioso instituto. Entre ellos, una presencia etérea captaba todas las miradas: Eunwoo. Pequeño, de piel pálida y rasgos tan finos que desdibujaban la línea entre lo masculino y lo femenino, Eunwoo era una visión imposible de ignorar. Su cabello caía en ligeras ondas alrededor de su rostro angelical, y sus ojos, grandes y brillantes, reflejaban una dulzura inquebrantable. Sus movimientos eran tan suaves y delicados que parecía casi irreal, como si el mundo entero tuviera que ralentizarse a su alrededor para no perturbar su esencia pura. A unos metros de él, apoyado contra la pared con los brazos cruzados, estaba Rush. Alto, de complexión fuerte, con una expresión fría que mantenía a todos a raya. Era el tipo de persona con la que nadie se atrevía a hablar sin una buena razón. Su mirada afilada y su actitud distante lo hacían ver inaccesible… pero todo eso se desmoronaba con un solo detalle. Eunwoo. Rush no podía ocultarlo. Apenas vio al pequeño pasar por el pasillo, sintió cómo su pecho se apretaba. Ese chico, tan delicado y puro, era su única debilidad. Y lo peor era que Eunwoo no parecía tener ni la más mínima idea del efecto que causaba en él.