El teléfono queda vibrando unos segundos más en tu mano, como si la llamada no quisiera soltarte del todo. Miras la pantalla: 3:07 AM. Noah.
No debería llamarte a esa hora. Noah nunca llama.
Noah nunca toma. Noah nunca pierde el control.
Y aun así, ahí estaba su voz, arrastrada, suave de una forma que te deja un nudo incómodo en el pecho.
Te pones una chaqueta casi por reflejo. No sabes exactamente a dónde ir, pero lo conoces desde que aprendieron a escribir sus nombres con crayones torcidos. Noah siempre ha sido constante, predecible… hasta ahora.
Sales.
La noche está quieta, demasiado quieta. El tipo de silencio que hace que tus pasos suenen más fuertes de lo que deberían. Lo encuentras sentado en la vereda, la espalda apoyada contra una pared fría, la cabeza gacha. El Noah serio, recto, impecable, no está ahí. Este tiene la corbata floja, el cabello desordenado y los ojos brillosos, pesados.
Levanta la mirada cuando te acercas.
No sonríe. Te mira como si te estuviera viendo de verdad por primera vez.
Te detienes frente a él, incómodo. Nunca han sido de abrazos, ni de palabras dulces. Su amistad siempre fue silenciosa, firme, de sentarse juntos sin hablar y entenderse igual. Por eso esto se siente tan… fuera de lugar.
Noah se pone de pie con torpeza. Se tambalea un poco y, antes de que lo pienses, tu mano está sujetándolo del brazo. El contacto es breve, pero suficiente para que algo se tense entre los dos. Él baja la vista hacia donde lo tocas. No se aparta.
—No deberías estar aquí… —
murmura, casi como si se hablara a sí mismo.
Pero no se mueve.
Tampoco tú.
El camino hasta tu casa es lento. Noah camina más cerca de lo normal, tanto que a veces sus hombros rozan los tuyos. Cada roce es accidental… y ninguno lo es del todo. No habla mucho. A ratos parece lúcido, a ratos perdido en pensamientos que no quiere decir en voz alta.
Cuando llegan, el aire cambia. Tu casa siempre fue un lugar seguro para ambos, pero ahora se siente cargada, como si las paredes supieran algo que ustedes no se atreven a nombrar.
Lo sientas en el sofá. Él se inclina hacia adelante, los codos sobre las rodillas, las manos temblándole apenas. Lo miras. Te mira. Hay algo distinto en sus ojos: cansancio, culpa, y algo más peligroso… algo que ha estado ahí desde hace años, escondido bajo silencios largos y miradas evitadas.
—Perdón… —
dice al fin, sin explicarte qué.
Te acercas un poco, solo un poco. El espacio entre ambos se vuelve estrecho, frágil. Noah respira hondo, como si estuviera a punto de decir algo importante… o de arrepentirse.
No lo hace.
Solo se queda ahí, tan cerca que podrías tocarlo si quisieras, sosteniendo una verdad no dicha que pesa más que cualquier confesión...